Los límites del Estado
Carlos Sojo
Toda política pública es perfectible, pero nunca mejora lo que no se deja crecer
Sociólogo
Recientemente, estuvo en el país el profesor Ludolfo Paramio, un lúcido académico español. El profesor Paramio se desempeñó últimamente como director de Análisis y Estudios del gabinete del Gobierno español. Vino invitado por el Tribunal Supremo de Elecciones para el lanzamiento de un proyecto que la institución desarrolla con el respaldo de la FLACSO, el PNUD y el financiamiento de la Cooperación Española, destinado a la promoción y el fortalecimiento de la ciudadanía activa. Luego participó en un conversatorio con la Comisión de Eficiencia Administrativa y Reforma del Estado, que convoca el Ministerio de Planificación.
Tres mensajes. En su conferencia de fondo, el profesor Paramio lanzó un conjunto de dardos al pensamiento sobre el Estado y la política, algunos de los cuales, de cara a la situación actual del país y de su proceso político, considero pertinente resumir y compartir. Destaco tres mensajes. En primer lugar, la base fiscal como fundamento de la acción del Estado; en segundo lugar, el carácter de los actores políticos privilegiados, que son los partidos, y finalmente la importancia de las políticas públicas.
Base fiscal. En relación con el primer punto, la base fiscal, Paramio realiza una sentencia radical que cito: “por debajo de una carga tributaria de 20% del PIB, el Estado no existe”. Sabemos que nuestros ingresos fiscales, hoy alrededor del 15% del PIB, no son suficientes para afrontar los desafíos de desarrollo que el país enfrenta y tampoco corresponden con el grado de progreso económico y humano que como sociedad hemos alcanzado.
El Libro Blanco de los Ingresos Tributarios, entregado por la Contraloría a la Asamblea Legislativa años atrás, cuando se discutía la reforma fiscal, había advertido claramente que el ajuste fiscal no admitía más recorte del gasto y que no había más remedio que enfrentar el tema, como dicen los economistas, por el lado de los ingresos. Este es un problema de fondo que no se puede seguir postergando. La democracia y el desarrollo humano, dice Paramio, cuestan dinero, recordando como la transición española desde la noche franquista arrancó justo con una masiva y progresiva reforma tributaria.
Actores políticos. El segundo tema tiene relación con los actores políticos. Insistió Paramio en la centralidad de los partidos, aunque mucho se ha hablado de la importancia de la acción política de las organizaciones sociales. Con más o menos apertura a formas de democracia directa o a la expansión de la posibilidad de postular candidaturas a título personal o asociativo, lo cierto es que la salud de la democracia y la buena marcha de la política dependen de los partidos. Y de ellos Paramio espera que “sean previsibles”.
Entiendo por ello que en el debate político no se trata de ignorar las diferencias e imponer consensos de fuerza donde no los hay. Un partido “previsible” es uno del que se sabe cómo piensa. Me temo que en Costa Rica esa característica se ha perdido, de la mano del abandono de referentes ideológicos para la acción programática.
En el caso de los partidos de más larga tradición, en el último cuarto de siglo se instaló una impronta pragmatista y las decisiones políticas se toman una por una, sin un anclaje estratégico claro, y más bien con referencia a motivaciones de oportunidad y circunstancia, en el mejor de los casos, o de intereses sociales específicos, en el peor.
Respecto de los partidos emergentes, las sucesivas fracturas de su liderazgo revelan diferencias de fondo en la valoración de asuntos públicos prioritarios y de su tratamiento gubernamental. La previsibilidad política remite a comportamientos consistentes en relación con los asuntos fundamentales (no, por cierto, solo con los detalles) como el papel del Estado en la provisión de servicios sociales; infraestructura; comercio; seguridad y estabilidad económica, para citar solo algunas líneas gruesas.
Políticas públicas. Finalmente, pero no de menor relevancia, Paramio advirtió sobre la necesidad de políticas públicas estables y con continuidad. La exigencia no es nueva para los costarricenses que de un tiempo para acá esperamos que las buenas acciones del Gobierno de turno, cualquiera que sea su enseña, se consoliden en la forma de políticas de Estado; es decir, que no botemos con el agua del enjuague, la ropa limpia que ha quedado. Este pareciera un desafío interminable que tampoco es típicamente costarricense. En el ambiente internacional se habla del blindaje político de las políticas públicas, una expresión para garantizar que las buenas políticas se mantengan a prudente distancia de los intereses electorales tanto del Gobierno como de la oposición. En el fondo, lo que se esperaría es que se construya un acuerdo nacional sobre lo que hay que proteger, para que al calor de la competencia electoral no se permita su uso como plataforma electoral y se establezcan compromisos por parte de los contendientes de oposición para asegurar su sostenibilidad.
Toda política pública es perfectible, pero nunca mejora lo que simplemente no se deja crecer.
periódico La Nación 7 septiembe 2008

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