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RESONOCO

15/10/2008 GMT 1

Los tiempos…

marfuerte @ 03:51

Diego Víquez

“Los tiempos son malos, dicen ustedes, los tiempos, ¿qué son los tiempos?”
Filósofo

“Los tiempos son malos, dicen ustedes, los tiempos, ¿qué son los tiempos?”, se preguntaba Agustín de Hipona hace más de 1.500 años y agregaba: “Cambien, y los tiempos se convertirán en buenos”.

Traigo a colación esta cita por algunos acontecimientos generados en los últimas semanas: desde la espantosa muerte de una mujer en la sala de espera de un hospital en Nueva York, auxiliada solo después de 45 minutos de haberse desplomado al suelo, hasta el anuncio apocalíptico de futuras hambrunas en muchas regiones del mundo como producto de una racionalidad económica que viene pregonando desde hace décadas las maravillas omnipotentes del “dejar hacer y dejar pasar”.

La Escuela de Fránkfort, ese grupo extraordinario de mentes claras, entre los que cabe nombrar a Adorno, a Habermas y un largo y brillante etcétera, afirmaba que el drama del siglo que pasó había sido la invasión que el mundo de la técnica había hecho del mundo de la vida, con una lógica cosificante y mercantilista.

En efecto, el desplazamiento de lo humano del centro, ha devenido en una larga lista de horrores, caracterizada fundamentalmente por el desprecio a la dignidad humana: comercio de niños y de órganos, hambrunas, nuevas formas de esclavitud, experimentos a partir de humanos y una larga lista de vejaciones.

Volviendo a Agustín, uno podría aventurarse a decir que corren tiempos confusos, de inversión de valores y prioridades, entonces este hombre de Hipona nos diría: “No, los confusos, los de valores y prioridades invertidas son ustedes, no los tiempos”.

¿Qué hemos hecho para vivir en medio de tanta confusión y falta de claridad? Probablemente el problema fundamental reside en un problema propio de nuestra época, pensar, como decía Nietzsche, que “ya no existen hechos, solo interpretaciones”. Esto nos pone ante una constatación: hoy pensamos que todo es opinable, aún los hechos mismos o las tradiciones que han forjado todo lo que de bueno tiene Occidente, es como si cualquier hecho o enseñanza, por más venerable que sea, pueda reducirse a la interpretación, pueda cambiarse sin ton ni son o simplemente sustituirse por la mentira.

Hoy nos enfrentamos a la creciente incapacidad de distinguir entre hechos y opiniones, o de pensar que antes de mí solo había caos y que con mis pensamientos comienza nuevamente la historia, despreciando todo patrimonio anterior de razón y costumbres.

De prevalecer este panorama, diría Malraux: “No existe ningún ideal por el que podamos sacrificarnos, porque conocemos la mentira de todos, nosotros que no sabemos qué es la verdad”. De no haber ningún ideal al que podamos adherirnos, si solo hay opiniones volubles y pasajeras, solo queda entonces el caos, la ley del más fuerte, todo vuelve a ser antiguo, la parte más oscura de la Edad Media, vuelven a ser posibles locuras como Bush escribiendo en Japón que desea que acaben las dictaduras o diputadas autoproclamadas como cristianas que respaldan leyes abortistas.

Tales grados de confusión en los hombres y mujeres de los tiempos actuales solo surgen del abandono del hecho que originó la historia de Occidente, la irrupción en el tiempo de quien dijo ser la Verdad.
periódico La Nación 20 agosto 2008.

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