Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

RESONOCO

16/10/2008 GMT 1

El peligro de las promesas

marfuerte @ 02:57

Jorge Arturo Chaves | jachaves@cedi-op.org

Políticos y economistas tendrían mejor imagen no por lo que prometen, sino por lo que hacen
economista

Aun para los no creyentes, los textos de sabiduría espiritual –como los Evangelios– pueden ser ocasión de enriquecimiento. Uno de ellos, leído hace poco en la liturgia dominical, es aquella parábola de Jesús sobre el dueño de un viñedo que tenía dos hijos a los cuales pidió ir a trabajar a su campo.

Es un texto que puede dar qué pensar a políticos e incluso a economistas, sobre todo cuando se sienten tentados a prometer el combate contra la pobreza y la desigualdad. En la narración, el primer hijo le dijo al papá que no quería ir, pero luego se arrepintió y fue. El segundo le dijo que sí, que iría, pero luego no fue. Dejando aparte, en esta ocasión, el resto de la enseñanza evangélica, vale la pena preguntarse por el tema tan humano de las promesas incumplidas.

Engaño sutil. Søren Kierkegaard piensa que el punto central de esta parábola está en mostrar el peligro de decir “sí” demasiado precipitadamente. Nuestra vida diaria está llena de promesas. Nos prometemos a nosotros mismos cumplir con determinado ritmo de trabajo, abstenernos de ciertos comportamientos inadecuados, realizar acciones de gran utilidad para nuestra familia o para otros. Prometemos a los demás cosas parecidas.

No digamos ya si tenemos un cargo político, empresarial, religioso o simplemente nuestro rol familiar. Prometemos ir, hacer, decir, cumplir… Y demasiadas veces todo se queda en el nivel de las promesas. ¿Por qué nos sucede esto? No basta decir que porque somos humanos y débiles. Esa afirmación tan general explicaría más la actitud inicial del primero de los hijos del relato: no quiero ir a trabajar en la viña, me da pereza, exige mucho esfuerzo, mi padre no me paga…

¿Cuál es, entonces, el fallo? El citado pensador danés observa que los seres humanos enfrentamos un engaño sutil: dejarnos confundir por nuestra expresión de buenas intenciones. Estas nos hacen siempre creer que al prometer ya casi empezamos a cumplir lo que prometemos. Nos hace sentirnos como que con la promesa ya hicimos lo principal.

Podríamos decir en lenguaje más popular que los humanos padecemos el engaño de dejarnos apantallar por la imagen tan positiva que tenemos de nosotros mismos, por lo bonito que hablamos, por lo fuerte que sentimos nuestro convencimiento y nuestra voluntad de hacer las cosas. Y por lo grandes que nos autopercibimos y muchos otros nos perciben cuando hacemos grandes promesas.

No es que seamos malintencionados y mentirosos al prometer; al contrario, somos bien intencionados, pero las buenas intenciones y el aplauso de los demás nos emborrachan y nos engañan y nos transforman en mentirosos en la práctica posterior. Las promesas precipitadas no toman en cuenta quiénes somos en realidad, cuáles son nuestras debilidades y fortalezas y cuáles son las posibilidades reales de realizar un buen deseo. Demasiado fácilmente construimos sobre arena y no sobre roca, sembramos sobre un suelo poco profundo.

Acciones. Otro ser humano de honda espiritualidad, Gandhi, desempeñó , sin duda, un extraordinario papel político en la India, y no lo recordamos por promesas que hiciera, sino por acciones personales –quizás simples, simbólicas y no violentas– que condujeron a la independencia de su país. Después de un recorrido a pie de 300 kilómetros recoge en sus manos un poco de sal en la costa del océano Índico para alentar a sus compatriotas a violar el monopolio del Estado sobre la distribución de ese producto. Con otro sencillo gesto enfrenta el ciclo de la explotación imperialista británica en el campo de los textiles.

El algodón indio era comprado por Gran Bretaña a precios ridículos, convertido en telas en las fábricas de Lancashire y revendido luego en la India, ganando beneficios considerables en un mercado en el que estaban excluidos los textiles no británicos. Gandhi empieza a hilar él mismo el algodón en una rueca de madera luchando por convencer a todo el país a seguir su ejemplo, rechazar los tejidos extranjeros y volver a la tecnología propia y tradicional.

Políticos y economistas podrían ser mejor considerados no por lo que prometen, sino por lo que hacen, en particular en la erradicación de las causas de la pobreza y la desigualdad.
priódico La Nación 2 octubre 2008.

Comentarios

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>

Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis