La Costa Rica que veo
•De Mora Fernández a Morazán
Alberto Cañas
Probablemente San José era, en 1823, la más atrasada de todas las capitales del mundo. Carecía de aceras. Las calles no estaban siquiera empedradas y eran de polvo entre diciembre y mayo, y de lodo entre junio y noviembre. No se conocían las herramientas de metal y hasta los martillos eran de madera. Las ventanas no tenían vidrieras sino rejas. Los relatos de los viajeros que por allí pasaron en esos días son escalofriantes. Además, el estado de la educación era lamentable. Apenas en 1814 se había abierto en San José una “casa de enseñanza” que pasara del tercer grado. Sin embargo, el ojo certero de los padres fundadores, una vez que se organizó por fin un gobierno, nombró como primer Jefe de Estado en 1824 a un maestro: Juan Mora Fernández. Hecho sintomático.
Juan Mora Fernández repartió tierras aptas para el café, principalmente en los alrededores de San José, entre todos los que se comprometieron a sembrarlas, Cuando terminó su mandato, lo sucedió un hombre débil: José Rafael de Gallegos, a quien le tocó cumplir la ridícula ley llamada de la Ambulancia, ocurrencia de los cartagos, según la cual la capital estaría cuatro años en cada una de las ciudades del valle central, hasta terminar otra vez en Cartago, y ver entonces qué se hacía. Cumplidos los cuatro años de San José, le tocó a Gallegos llevarse la capital a Alajuela. En un agudo libro sobre el tema, Jorge Sáenz Carbonell ha contado que el problema del traslado consistió principalmente en que en Alajuela no había una casa donde cupiera el escritorio del gobernante.
A Gallegos le sucedió un joven abogado, Braulio Carrillo, que conocía los problemas de la región, porque los había vivido como diputado por Costa Rica en el Congreso Federal. El desastre de la Federación Centroamericana, especie de guerra civil permanente, preocupó a los “costarricas”. El problema era que nuestros tatarabuelos no estaban seguros de que, apartados de la Federación y por cuenta propia, pudiéramos subsistir. Por eso no querían dejarse convencer por Carrillo, a quien debemos reconocerle el haber sido el primero que pensó en la independencia absoluta. Esta idea suya no era muy popular. Sin embargo, en 1938, durante su segunda y dictatorial administración, tras un breve gobierno de su sucesor, el federacionista Manuel Aguilar, a quien derrocó el primer golpe de estado de nuestra historia, cuya paternidad se atribuyó a Carrillo pero no ha sido demostrada, Carrillo separó a Costa Rica de la Federación, para que fuera un Estado Libre e Independiente (diez años después José María Castro la proclamó República). De paso, conviene recordar que en ese momento Carrillo pagó la porción proporcional que le tocaba a Costa Rica en la deuda externa de la Federación. Entramos a la independencia total libres, pues, de polvo y paja. Y la Federación desapareció a poco correr.
A partir de 1838, Carrillo asumió la dictadura, y por supuesto, se llenó de enemigos. Pero organizó el Estado, dictó códigos nuevos y una constitución basada en la que Bolívar redactó para Nueva Granada, en la cual el gobernante era vitalicio. Esto ha servido para que todavía se acuse a Carrillo de haberse querido perpetuar en el poder, olvidando quienes tal cosa sostienen, que en aquella época la única experiencia que tenía el mundo de gobiernos de plazo fijo estaba en los Estados Unidos. De manera que cuando en abril de 1842 el último presidente de la Federación, el hondureño Francisco Morazán desembarcó en Costa Rica, tratando de establecer aquí una base de operaciones para reconstruir la Federación a la fuerza, buena parte de la gente lo recibió como un salvador. Carrillo tuvo que irse y fue asesinado en El Salvador en 1844 por razones no políticas.
De abril a septiembre de 1842, Morazán gobernó en Costa Rica, pero poco a poco los desmanes de la militarada que lo acompañaba, y su decisión de poner nuevos impuestos para financiar la invasión a Centroamérica que proyectaba, crearon un enorme descontento. El pueblo de San José se alzó, capitaneado por un portugués que vivía aquí desde tiempo atrás, aquí tenía propiedades y una gran familia, Antonio Pinto, el legendario “Tata Pinto”, que derrocó a Morazán, lo capturó en Cartago, y lo hizo fusilar en el Parque Central de San José el 15 de septiembre de 1842.
Suplemento Página Abierta. Diario Extra 9 setiembre 2008.

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