Columna ESAS COSAS RARAS
María Elena Jiménez Vega
mjimenez@prensalibre.co.cr
Siendo una niña junté en una pequeña alcancía de barro cincos y dieces que no gasté en confites. Hoy daría toda mi fortuna por recibir una serenata de violas y violines.
El domingo en la tarde decidí acompañar a Manuela Soledad al cine. Había sido un día gris, por lo que nos propusimos a salir del encierro e ir a ver Wall-e. Una historia simple, pero de gran contenido humano, viniendo de un robot viejo y herrumbrado.
Wall-e, el personaje central de la película, refleja lo que le hacemos a nuestra casa, la tierra. Llenándola de desechos, tantos que llegará el momento en que no vamos a tener dónde poner tanta basura. El mismo universo convertido en un basurero de satélites obsoletos.
El robot nos hace ver esta realidad, pero también nos señala el peligro de convertirnos en personas autómatas, programadas e insensibles. La tecnología nos facilita la vida, empero, nos va haciendo seres dependientes y obesos.
Pero sin duda, lo que más conmueve del argumento es la necesidad de sentirnos especiales para alguien. El robot es parte de esa tecnología que terminará en desecho, pero, dejándonos envolver por la fantasía, Wall-e tiene una carencia, la de sentirse especial y amado. Esa imperiosa necesidad de alcanzar el contacto físico y el afecto.
Pareciera que la búsqueda del amor y el romanticismo no pasan de moda, reclamó Manuela Soledad con aburrimiento. Ciertamente el amor nunca pasa de moda.
Siendo un conjunto de latas viejas y circuitos que adquieren vida con la luz del sol, Wall-e deposita su confianza y su fe en otro similar, moderna y estilizada que fue enviada en busca de VIDA, de clorofila, a la tierra. Y es así como surge una historia de amor entre dos compuestos de latas que tenían corazón o sentimiento.
La historia no solo deja un sabor dulce sino tremendas lecciones de cómo vivimos. Ensuciando nuestra casa, globalizados, sumergidos en la tecnología, seducidos por el placer y la pereza, y lo peor, sin contacto físico ni afecto que no fuera programado.
Wall-e surcó el universo, tocó las estrellas y alcanzó el contacto físico y el amor. Aunque a muchas no nos alcance todo lo que somos o lo que tengamos para lograr una serenata de violas y violines, al menos hay que intentar cruzar las diferencias para tocar lo que anhelamos, aunque seamos atrevidas.
Atrevámonos a cambiar lo que pareciera no tener remedio.
Este viernes, talvez esté en el lugar equivocado. Un cuerpo físico presente en el auditorio nacional y un corazón ocupando una butaca vacía del teatro nacional, resistiéndose a partir, no querrá oír la nota final de la orquesta esta noche en el escenario.
periódico La Nación 25 julio 2008.

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