El Gobernante que merecemos
Claudio Alpízar Otoya *
Cada país tiene los gobernantes que se merece. Costa Rica no es la excepción de esta premisa. En nuestra vasta historia política se han entrelazado eventos muy significativos que han permitido un desarrollo social, humano y económico sustentado en la libertad y el respeto de credos, tanto ideológicos como religiosos.
Durante la época de la colonia, nuestro país tuvo la “suerte” de ser la zona más alejada de la Capitanía de Guatemala, que se sumaba al desinterés del Virreinato de México. Al otro lado del territorio, el llamado tapón de Darién también la aislaba de los procesos que se desarrollaban al sur del continente.
Aquello que parecía una desgracia con el tiempo demostró ser una ventaja. Permitió la conformación de la nacionalidad del costarricense basada en el mutuo respeto y el trabajo compartido, lo cual dio espacio a una transición pacífica hacia la República, sin los padecimientos acaecidos en el resto de América Latina.
El aislamiento y la escasez de recursos minerales atractivos al comercio de la época, obligaron a nuestra población a concentrarse en la actividad agrícola y de subsistencia, a tener creatividad. El intercambio entre la comuna se volvió obligatorio.
Esto último promovió una relación más directa y solidaria entre los ciudadanos, que conjuntamente con el fortalecimiento de la familia como institución, han sido los baluartes nacionales. Por cierto, hoy en día en peligro ante las ocurrencias de grupos minoritarios que intentan imponer sus caprichos, sin el respaldo de las mayorías. Pero su existencia es parte de las maravillas que permite la política.
Estos sentimientos de hermandad y solidaridad entre los costarricenses, con el tiempo se transformaron en las principales virtudes que a su vez también pregonaban y predicaban nuestros líderes y gobernantes. Ellos, con una visión de futuro, se fueron preocupando más por desarrollar programas de educación, de salud, de seguridad ciudadana, así como garantías sociales, de trabajo, económicas y más.
Todos estos y otros logros que nos han distinguido en América Latina y más allá, fueron posibles porque se entendió la política como la disciplina fundamental para alcanzar acuerdos. A sabiendas de que en una sociedad no existe una voluntad general, que la política es indispensable para sostener el pacto social y generar el bien común. Comprendiendo que la sociedad se construye desde la diversidad y que la política es una ciencia previa a la democracia, y no a la inversa como algunos piensan. De ella emana el respeto por las diferencias de criterio, su esencia es la comunicación y el intercambio.
Así fue como Costa Rica, con la dirección de hombres con sapiencia y liderazgo, logró grandes transformaciones en todos los campos. Nuestra historia demuestra que no hemos necesitado de un Fidel para lograr transformaciones en la educación y en la salud; no se requirió de un Pinochet para diversificar y promover la economía; tampoco de los sueños trasnochados de un Chávez para hacer entender la imperiosa necesidad de la solidaridad; menos de un Videla o Noriega para darse cuenta de lo innecesaria que es la milicia.
Tampoco necesitaron nuestros gobernantes satanizar la política, ni “angelizar” el mercado como la panacea de todos los problemas. Comprendieron la transversalidad e importancia de ambas disciplinas –política y economía– y lo clave de asumir su rol con liderazgo. Así como que una sociedad por naturaleza es plural, aunque algunos piensan que es exactamente aquí en donde está el problema.
Como es normal y lógico se dieron crisis políticas, las que sirven para crecer. Recordamos entre algunas el autoritarismo de los Tinoco, la Guerra Civil de 1948, la corrupción en la dirección superior de los gobiernos de los años noventa. Pero esto no ha sido, como algunos pretenden hacernos creer, la constante de la política costarricense. Pues con inmediatez nuestros políticos han reaccionado en los momentos más difíciles.
Hoy en día nuevamente estamos retomando el camino correcto, en el cual la disciplina política recupera credibilidad. Aunque en los últimos días, aquellos que no se cansan de tratar de golpear y debilitar la institucionalidad de este país, intentan enlodar a profesionales honestos por haber sido contratados para consultorías o asesorías de apoyo a funciones propias del Poder Ejecutivo.
Otros que dicen ser políticos caen en el juego. No se dan cuenta de que la credibilidad que el actual Gobierno reintegra a la política, beneficia a todos sin distingo de partido. Así golpean a la que Aristóteles denominó como la ciencia de las ciencias: la política. Esto permite que los otros que no creen en la democracia como fruto de la política, se froten las manos de satisfacción.
Por mezquindad unos pocos se niegan a reconocer en el Dr. Óscar Arias virtudes que vuelven a poner al país como un ejemplo en el contexto internacional, con un gran esfuerzo por rescatar lo que en los últimos veinte años se deterioró. Hoy nuestra democracia se sacude nuevamente y se fortalece desde los principios de una social democracia moderna. Entendiéndose las bondades de un Estado fuerte como fundamento para la distribución de la riqueza, pero también apreciando a la economía y al comercio como los medios para producirla. Un Estado que anteponga los intereses nacionales a los externos, sin aislarse, apostando a los mejores hombres para el desarrollo interno y la promoción externa.
Personalmente creo que es un privilegio para el país contar con un presidente con la experiencia y los pergaminos del Dr. Arias Sánchez, un hombre que la historia colocará en su verdadera dimensión. Al lado de Braulio Carrillo, Ricardo Jiménez, José Figueres Ferrer, Rafael Ángel Calderón Guardia, Rodrigo Facio, Mauro Fernández, Manuel Mora, entre tantos ilustres nombres que la historia como madre y maestra rescata por sus virtudes de estadistas.
Seres humanos que trascendieron a los intereses particulares e inmediatos, pues su compromiso fue con el país y ante todo con las sociedades futuras. Pero su aparición no fue casualidad, pues cada país forja con su historia los gobernantes que a futuro merece. Hombres que entiendan a la perfección la predica de San Pablo de que “el hombre que aspira a ser maestro es moderato en todo”.
* Politólogo
periódico La Prensa Libre 25 julio 2008.

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