Una odisea en tierra de nadie
Ambivalente ‘El desprecio’, de Godard, es ensayo ingenioso sobre el lenguaje cinematográfico
Jurgen Ureña Arroyo | jurgenurena@yahoo.com
Entre mayo y agosto de 2006, el Centro de Arte Contemporáneo Georges Pompidou de París dedicó a Jean-Luc Godard una gran retrospectiva compuesta por 140 películas y solicitó al cineasta el montaje de una instalación inspirada en su singular trayectoria filmográfica.
El resultado de esa ambiciosa solicitud fue Viaje(s) hacia utopía : un inmenso laberinto plagado de señalizaciones contradictorias, juegos inciertos, espejos deformantes y senderos fílmicos enrumbados hacia ninguna parte.
Como era de esperarse, los primeros espectadores de la instalación se encontraron perdidos de golpe (de haber sido cinéfilos mexicanos, al menos se habrían encontrado “perdidos de plano”). Tras una serie de reveladoras experiencias, los franceses descubrieron, de plano, que “encontrarse perdido” es la paradoja que mejor define al cine de Jean-Luc Godard.
Inicio de viaje. En el primer plano de El desprecio (1963), un equipo de rodaje se desplaza hacia los espectadores mientras la voz pausada de Godard recita los créditos iniciales del filme. Al final de su trayectoria, la cámara olvida la acción y nos apunta a los ojos con su gran ojo mecánico, mientras Godard recuerda: “El cine sustituye nuestra mirada por un mundo en armonía con nuestros deseos. El desprecio es una historia de ese mundo”.
Esa reflexión devota, esa nostalgia transformada en declaración de principios, confirma que, ante todo, Godard es una suerte de pensador cinéfilo, anhelante y sentimental. A pesar de las abundantes citas literarias que deambulan por El desprecio , de Homero a Dante y de Brecht a Hölderling, el filme funda en su origen un universo que hace del cine, de sus teóricos más recordados y de sus creadores más queridos, sus mejores protagonistas.
Evidentemente, El desprecio cuenta también con algunos protagonistas que merecen tal nombre: Brigitte Bardot aporta su frescura y sensualidad; Michel Piccoli es el esposo ausente, y la presencia fantasmal es mérito del director Fritz Lang, quien se interpreta a sí mismo en el personaje de un cineasta que intenta dirigir una adaptación de La odisea a pesar de las mezquindades de la industria cinematográfica.
Por otra parte, El desprecio aborda el deterioro del sentimiento amoroso mediante la relectura de textos precedentes, tal como ocurría en filmes dirigidos antes por Godard, desde Al final de la escapada (1959) hasta Una mujer es una mujer (1961).
En El desprecio , los protagonistas del filme son variaciones pop de Ulises y Penélope según La odisea homérica: seres que sufren sus pequeñas traiciones y sus grandes malentendidos mientras viajan en un descapotable rojo, con los ojos ocultos tras anteojos oscuros y el pelo alborotado por el viento mediterráneo, a la espera de algún mal paparazzi .
Antes del viaje. Durante la década de 1950, Godard escribe crítica cinematográfica para la revista Cahiers du Cinéma y evidencia, en sus faenas de crítico, un particular gusto por la superposición de estilos y un sentido del humor curioso e imaginativo.
Son memorables sus crónicas del Festival de Berlín, que imitan en detalle las formas de un telegrama, y su Carta a mis amigos para aprender a hacer cine juntos , redactada a la manera de un poema de Apollinaire.
Por aquellos años, Godard es también espectador privilegiado de la llamada “modernidad cinematográfica”, caracterizada por las digresiones narrativas y las formas trasgresoras al clasicismo.
El surgimiento de esa nueva sensibilidad se anuncia con Viaje a Italia (1954), bitácora del desmoronamiento emocional de una pareja, dirigida por el padre del neorrealismo italiano, Roberto Rossellini.
Los jóvenes Cahiers se entusiasman por los aires de cambio desatados por Rossellini, y por el contagioso asombro de su mentor, Andre Bazin. Aquellos jóvenes acuñan entonces el término “puesta en abismo” en oposición a la idea tradicional de “puesta en escena”.
Dos años después, la polvareda llega a suelo francés, ya no en la figura de un elogiado cineasta, sino en la de una jovencísima rubia convertida en emblema de libertades sexuales, llamada Brigitte Bardot.
El filme que anuncia el cambio, preludio y génesis de la Nueva Ola francesa, se titula, tal vez no por casualidad, Y Dios creó a la mujer (1956).
En 1960, una vez que Godard y sus colegas han saltado la delgada línea de tiza entre el crítico y el cineasta, Michelangelo Antonioni estrena La aventura y reclama de nuevo el derecho italiano a la vanguardia. Esa película –o deriva disfrazada de película– inaugura la trilogía de la incomunicación que será continuada por La noche (1961) y El eclipse (1962).
Con El desprecio, estrenada un año después de El eclipse , Godard vuelve a los buenos oficios del reciclaje cultural, rediseña la adusta geografía propuesta por Antonioni en su trilogía y la reanima con tonalidades del Technicolor y el music hall . Con El desprecio, la incomunicación cinematográfica aprende a asomarse al espejo con ojos distintos; aprende a pensarse y a sonreír.
Perdidos de plano. Es probable que, en su inmensa memoria de cinéfilo, Godard atesore La ilusión viaja en tranvía (1953), la más curiosa película filmada por Buñuel durante su estancia en México. También es probable que escribiera un primer esbozo de El desprecio bajo el título de La traición viaja en Alfa Romeo , al encontrarse fascinado, perdido de plano, en medio del travieso filme dirigido por Buñuel. Por supuesto, tales razonamientos pertenecen al mundo de la especulación; es decir, al mundo de las altas finanzas gubernamentales.
Aquello que sí sabemos con certeza es que el cine de Godard cultiva dudas e inquietudes; que produce la sensación de haber llegado a un lugar tan conocido como equivocado, tan cálido y familiar como distante.
El desprecio es visita guiada por La odisea homérica , no a la manera insólita de O Brother, Where Art Thou? (2000), sino de acuerdo con el estilo singular y solitario de Jean-Luc Godard. Es reinvención de películas como Viaje a Italia y La aventura , del mito juvenil de Brigitte Bardot y de la arquitectónica puesta en escena de Fritz Lang, que, sin embargo, nos adentra, plano a plano, en tierra de nadie.
El desprecio es obra en proceso, texto inconcluso y recuento inabarcable de citas literarias y filosóficas. Es también una reflexión aguda sobre el propio lenguaje cinematográfico que deja tras de sí una profunda sensación de extravío. Es comprobación de que, ante el cine de Godard, nos encontramos siempre perdidos, sin señales de tránsito ni instrucciones de uso, más allá del placer de jugar, una vez más, con los juguetes del otro.
‘EL DESPRECIO’ SE PROYECTÓ EL PASADO VIERNES 22 DE AGOSTO EN LA ALIANZA FRANCESA DEL BARRIO AMÓN DE SAN JOSÉ. LA PELÍCULA ESTÁ DISPONIBLE EN LA VIDEOTECA DE LA INSTITUCIÓN.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 24 agosto 2008.

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