Anticipo
Para ella
Selección de textos del libro ‘Siempre ella’, del escritor nacional Jacques Sagot.
Rapto
En sus brazos me lleva la noche. Rauda, al galope. Hendiendo la niebla. Me ha raptado, me ha arrancado de mi lecho, y huye ahora con su botín bajo el brazo. Hacia el abismo corre, hacia el abismo. Envuelta en sus borrascas y ataviada de relámpagos. Histérica, loca, carcajeándose ante la mirada impasible de la luna. Los desnudos pinares a mi lado pasan, armada de fantasmas. La montaña en sombra parece un túmulo de cadáveres, negra silueta informe, sepulcral. He sido arrebatado a la vida. La ladrona ha perpetrado su saqueo. A toda brida corre la noche. Y las estrellas, inmóviles, son los mil ojos sin párpados de un dios mudo e indiferente. A lomos del corcel de la muerte escucho ya el aullido del viento en el acantilado. El mar se rompe una y otra vez contra las rocas. Sus embestidas apagan el alarido que se abre paso desde el fondo de mi pecho. Luna, viento, mar, estrellas... todos conspiran contra mí, secuaces de la noche, todos me arrastran hacia la insondable sima, todos quieren mi muerte y aúnan sus fuerzas para huir con mis ojos, con mi voz, con mis manos. En sus brazos me lleva la noche. Bien asido. Como esos niños recién nacidos a los que arrojan a un pozo. Criaturas desprovistas de nombre y de lápida. Así voy cayendo, así habré de morir... cayendo, cayendo, cayendo... Hasta que tu mirada me devuelve al húmedo tibior de los vergeles, y cesa el galope, y las estrellas, y la luna, y el mar vuelven a proclamar la vida. Voy ahora tomado de tu mano, y una mirada tuya basta para devolverme el mundo. Como la aurora viste las cimas de amaranto, así renace en mí el gozo del vivir. Y es entonces como si tú fueras la forma sensible de la vida, y los almendros en flor estuviesen llenos de tus ojos. Al cantar sobre tus labios la sonrisa, el horizonte se dilata hasta coincidir con el infinito, y el cielo y la mar se van de la mano, delirio del azul en su juego de espejos sin fin.
Ella victoriosa
¿Y si tan solo te soñó el viento? ¿Si es él quien musita tu nombre a la noche, para que ella me lo repita al oído?
¿Y si no fueras más que una impostura de las sombras, silueta sin rostro, voz perdida en los laberintos de la memoria?
¿Y si te forjó mi pensamiento con la misma vieja arcilla con que los alucinados de antaño fraguaran sirenas y medusas?
Hijas del silencio, dulces criaturas calumniadas, vuestro linaje no es el de mi amada, y por ello alzo hoy mi copa rebosante de vida y ofrezco la más solemne de las libaciones.
No te inventó mi soledad ni te esculpieron mis sentidos. Sucede tan solo que la realidad tiene tantas comarcas como la fantasía, algunas de ellas sin mapa y sin nombre, otras inéditas y apenas sospechadas.
Cierto es el llanto de la luna sobre la mar, cierta la platería y las radiantes estrellas con que primorosamente se enjoya para sus largas noches de amor, cierto el flujo y reflujo con que se ama a sí misma y el hipnótico ulular del viento que la irisa y estremece... cierto todo eso y mucho, mucho más. No vengo aquí a discutir con la mar: guárdese ella para sí todo cuanto en el mundo es cierto. Yo me quedaré con Ella, con lo verdadero, que entre certidumbre y verdad hay una diferencia grande como... ¡pues como la mar!
Tu verdad ha derribado todos los muros, descerrajado todas las cancelas, iluminado todos los rincones en sombra. Tu fragancia es mil veces más verdadera que el mundo, tu ser el nombre mismo de la vida.
Mis preguntas son aguijonazos de escorpión cercado de muerte: se destruyen a sí mismas porque saben que ya nada pueden contra ti.
Planta ahora tu roja bandera sobre la duda vencida, sobre los cadáveres en pila de las negras suspicacias que intentaran negarte. Musa victoriosa, canta la plenitud de tu triunfo quedamente, no vayamos a soliviantar a aquellos que se pasan la vida interrogando a la noche y nunca, ni por un momento, reciben respuesta. No saben ni preguntar ni oír, los pobres.
Solo saben gargarizarse con su propia retórica y escucharse a sí mismos farfullar sus inocuas blasfemias.
Eres tan verdadera, que fuera de ti todo me parece quimera, espejismo, mera ilusión. Robusta verdad la tuya, redonda, perfecta, un sol purpúreo irradiando desde el fondo de mi pecho, transformando mis venas en cauces rebosantes, mi sangre en hervor magmático, mi piel en jardín de estío, mis manos en blancas palomas que reciben y prodigan a un tiempo la caricia.
Verdadera, verdadera, verdadera... ¿Qué otra cosa puede pedírsele a la amada? ¿Presencia? ¡Cuan insensatos somos los hombres, rodeados de cosas que son y no son, de seres y objetos que solo nos ofrecen una cara para la contemplación, y nos ocultan pudorosa –o quizás avaramente– sus demás facetas en sombra! ¡Y aun así no dudamos en declararlas "presentes"! ¿Presentes? ¿Un mundo donde todo ser es más misterio que mostración? El fragoso Diccionario de la Real Academia que tengo frente a mí, el cuadro de Chagall con una mujer que desnuda reposa castamente sobre un bouquet de rosas blancas y rojas, el homogéneo gorjeo de los niños que juegan en el patiezuelo interno... la realidad esconde mucho más de lo que enseña...
Todo ser tiene un anverso que se nos oculta, una, o dos, o quizás tres facetas escondidas: todo es y no es. ¡Y sin embargo, se me acusa de loco por amar a una mujer ausente! Permítanme decirles que ese inexpugnable mamotreto fraguado por sesudos lingüistas es el misterio mismo, que la mujer de Chagall es eterna e indescifrable, que si miran por la ventana la ronda de niños que un minuto atrás oyeran cantar, verán ahora una plazoleta desierta, donde revuelan aún algunas palomas y se extingue el trinar de los niños en desbandada. Las cosas se revelan, se descubren un momento en el tibio mundo del Ser, y luego resbalan fuera de la conciencia, se eclipsan, dejan de ser. ¡Y eso a nadie parece sumir en la angustia! ¿Por qué asombramos entonces con una mujer que, diestra prestidigitadora, conoce el arte sutil de ser y dejar de ser a su guisa? En un mundo de ausencias y súbitas desapariciones, en un mundo donde el Ser elige caprichoso el objeto sobre el que decide posarse, ¿qué podría haber de escandaloso en una mujer que si se cubre de veladuras es para hacerme gozar aún más de su ausencia-presencia?
No, amigos, vayan mejor a examinar ese caleidoscópico universo que todos habitamos, y acepten –o maldigan– a Dios como el único ser capaz de ver el mundo simultáneamente desde todos los puntos de vista imaginables. Para nosotros, en cambio, la materia estará jugando siempre el juego de la aletheia, del escondido. Libros, cuadros, niños, rocas, lluvia, pinares... en vano intentaremos extorsionar de ellos el más arcano de sus secretos.
Amo, busco y celebro la parcela de realidad que quieras librarme. Por eso te declaro verdadera. Como la poesía o la religión, vives de misterio y mueres de explicitud. Así te quiero, así te canto, así te acepto.
Mi cementerio submarino
Tomando sus manos en las mías, y mirándola a los ojos le dije: tengo algo que contarte. He decidido enrumbar mi buque hacia los aristados arrecifes donde mil naves con sus tripulaciones yacen insepultas. Las quillas, calaveras roídas por la sal, y los mástiles, enhiestas cruces, emergen al bajar la marea... es entonces cuando el cementerio marino se puebla de insólitas aves y entre los podridos maderámenes resuenan sus agrios chillidos, himno de muerte hecho de estridencias sin fin. El oleaje es perturbadoramente calmo, circula el agua sigilosa entre los enormes cadáveres, meciéndolos con el más sutil de los arrullos. Coralinas excrecencias han hecho brotar sobre las centenarias estructuras las más inimaginables anfractuosidades.
Algunas de ellas semejan gárgolas góticas; otras, inmensas tumoraciones minerales... El mar, extravagante escultor, no cesa de hacer brotar sobre las grises superficies toda suerte de quimeras. Al herirlas la luz de la luna, diríase que un pueblo de dólmenes y milenarios monolitos se alza desde las profundidades del océano, para regalarles a los temerarios marinos que por aquellos andurriales se aventuran, la imagen de una surrealista, desapacible belleza.
Fantasmal ulula el viento entre los mástiles y las grutas basálticas, cepos donde buques de todo calado quedaron prendidos hasta que la extenuación, la sed, y la lejanía del paraje venció a sus tripulantes. La marea barre aún sobre cubierta los descarnados esqueletos, algunos recostados todavía al puente principal, otros cuyas cuencas hueras ofrecen ahora asilo a gaviotas e innúmeras colonias de cangrejos, algunos que quedaron inmóviles en la pose en que les sorprendiera la muerte, inclinados sobre sus bitácoras, hieráticos en sus camarotes, atisbando desde los mástiles el horizonte que la noche profunda y traicionera les ocultara, algunos, en fin, que se dejan llevar por el oleaje a lo largo del puente, y que un día aparecen trenzados al gobernalle de la proa como al barandal de la popa, desquijarados, desarticulados, amasijos de huesos donde aún pervive algo de la inmarcesible forma humana. Viejos blasones corroídos por los elementos, estandartes deshilachados como viejos sudarios, mascarones de proa otrora altivos, ahora reducidos a leprosas narices devoradas por la herrumbre... Todo aquí se desintegra, se deshace a ojos vistas. Pero si los altivos bergantines de antaño eran un modelo de esplendor, estos bosquejos que ya el tiempo y los elementos desdibujan tienen una belleza aún más plena y fascinante. Ya no son humanos artefactos... ahora más se asemejan a esculturas marinas, poemas que el tiempo ha cincelado con su multiforme pero incisivo cincel, el mar. Lo que los hace bellos es precisamente su condición intersticial y crepuscular: no son las prístinas formas alguna vez creadas por las manos del hombre, pero tampoco meros caprichos escultóricos del océano. Todo cuanto en ellos cuajara un día el espíritu humano va día con día desdibujándose, deshaciéndose, o bien, mutando hasta transformarse en naturaleza pura.
He aquí el único lugar del mundo adonde quisiera dirigir mi alma para que en él naufrague serenamente, lejos de las flamantes y estrepitosas naves que hieren por doquier la tersa piel del mar. Tal es el sitio que sueño para mi reposo: ignoto, silente, solitario, ajeno a toda ruta transitada y no registrado en los planos cartográficos más elaborados del mundo. El lento ritmo de la pleamar, la salobre cantilena del viento, el ríspido canto de las aves marinas, el dulce clapotis del agua jugando entre las grandes nervaduras de los colosos hundidos, el canto hecho luz de luna... he ahí adonde me guía este oscuro anhelo de disolución, he ahí le ruta de muerte que mi corazón hace mucho trazara.
Ella entonces me tomó de la mano y me cerró los ojos: “No intentes mirar”, que eso arruinaría el efecto de lo que voy a mostrarte. Caminamos hasta lo alto de una colina. El mar se delató por su monocorde soliloquio y el salino sabor de la brisa en mis labios. “¿Listo?” “¡Listo!” La perplejidad cedió su lugar al terror cuando viera ante mí la exacta réplica de la quimera con que tantas veces había soñado. “¿Ves a aquel hombre descarnado, aferrado aún y siempre al timón, las largas piernas colgando sobre borda y mecidas a la guisa del mar? Esa marioneta eres tú, y si te esfuerzas un poco podrás quizás reconocer a algunos de tus camaradas.” Como me viera anonadado y presa de súbita náusea, me dijo: “Vamos, que este lugar no te sienta bien, pero ten mucho cuidado en lo sucesivo con tus visiones y reminiscencias. No olvides que el tiempo es circular, y suele jugarnos estas malas pasadas: tu porvenir está hecho de reminiscencias, tu pasado es una urdimbre de porvenires. Solo eres capaz de soñar lo ya vivido, y de vivir lo ya soñado. Toda premonición es recuerdo, todo recuerdo es premonición. Y en el medio estás tú, mi pobre amigo, aquejado ahora de vértigo y de náuseas. Por eso vamos mejor a casa, y deja que te ponga a dormir.”
Dócil y extenuado, recosté mi cabeza sobre su hombro y me eché a bogar en sus ojos.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 24 agosto 2008.

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