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RESONOCO

04/11/2008 GMT 1

Germinal

marfuerte @ 01:52

Año II
No. 89

Alfonso Chase
Barack Obama (Hawái 1961), no es un ser humano nacido de la nada o sólo de las circunstancias sociales que le dieron origen. Pareciera, según sus propios libros, escritos de lo íntimo a lo colectivo, que es producto de una sólida reflexión crítica sobre sus orígenes, sus familias, su ámbito generacional y aún de las ciudades que configuran su imagen de estar en el mundo como en un proceso propio de apertura, de conocimiento y de inserción en la historia contemporánea, con un propósito definido: ser el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos, en una época de crisis y de reflexión.

Su mayor virtud es el saber escuchar a su propia inteligencia y dejar que ella fluya, para luego, aceptar las sugerencias. Volver sobre las ideas y definirlas en el uso práctico y en la realidad indicada.

Desde 1983 empieza a trabajar como escritor profesional y analista sobre temas de negocios, diálogo intercultural, necesidad de negociación entre las partes y, sobre todo, buscando consensos a partir de temas comunes, sobre todo las relaciones entre diversos pueblos del mundo.

No parte de la arrogancia de tener toda la verdad, o pertenecer a la élite política del país más poderoso del planeta, sino que, siendo su formación el trabajo con las comunidades de desarrollo de Chicago, pareciera que el escuchar fuera su virtud más profunda, producto que encontramos definido en su libro “Sueños de mi padre” (1995), indagación inusual en su propia existencia, para aclararse dudas y reafirmar aspiraciones.

Es cierto que el discurso político de Barack Obama se basa en la fe, aprendida en la Iglesia de Cristo de la Trinidad Divina, bajo la tutela del predicador Jeremiah Wright, pero sometida a un análisis personal que la transforma y decanta. De allí que escogimos estos fragmentos de sus ideas sobre política exterior, verdaderamente diferentes a los que suelen expresar los políticos norteamericanos tradicionales. No es casualidad que use el mismo escritorio que fuera de Robert Kennedy, en el Congreso, y tenga entre sus bienes personales dos o tres recuerdos que pertenecieran a Martin Luther King. Inusual y franco, este texto que publicamos ha sido leído con interés, y estupor, por muchos de sus conciudadanos, dado que la política exterior es uno de los temas álgidos en cualquier campaña política de Norteamérica.

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• Barack Obama
Un liderazgo propicio
© Del texto: Foreign Affairs,
Vol 86, #4
© De la foto: Thomas Nelson Inc.
Hoy, otra vez tenemos que mostrar un liderazgo visionario. Las amenazas de este siglo son al menos tan peligrosas y, en cierta forma, más complejas que las que hemos encarado en el pasado. Provienen de armas que pueden matar a gran escala y de terroristas globales que responden a la alineación o a la injusticia percibida con un nihilismo asesino. Provienen de Estados villanos aliados de los terroristas y de potencias en ascenso que podrían desafiar tanto a Estados Unidos como a los cimientos internacionales de la democracia liberal. Provienen de Estados débiles que no pueden controlar su territorio o proveer sustento a sus pueblos. Y se originan en el calentamiento del planeta, que espoleará nuevas enfermedades, engendrará más desastres naturales devastadores y catalizará conflictos mortales.

Reconocer el número y la complejidad de estas amenazas no es entregarse al pesimismo. Más bien es un llamado a la acción. Estas amenazas exigen una nueva visión del liderazgo en el siglo XXI -una visión que se basa en el pasado pero que no está limitada por un pensamiento obsoleto-. El gobierno de Bush respondió a los ataques no convencionales de 11-S con un pensamiento convencional del pasado, que en gran medida veía los problemas como si fueran entre Estados y, por tanto, pudieran resolverse principalmente con medios militares. Esta visión lamentablemente errónea fue la que nos llevó a una guerra en Irak que nunca debería haberse autorizado y nunca debería haberse emprendido. Tras los sucesos de Irak y Abu Ghraib, el mundo ha perdido la confianza en nuestros propósitos y nuestros principios.

Después de perder miles de vidas y gastar miles de millones de dólares, muchos estadounidenses pueden verse tentados a volverse hacia los temas internos y ceder nuestro liderazgo en los asuntos mundiales. Pero ello sería un error que no debemos cometer. Estados Unidos no puede enfrentar las amenazas de este siglo por sí solo, y el mundo no puede enfrentarlas sin Estados Unidos. No podemos emprender la retirada del mundo ni tratar de someterlo por medio de la intimidación. Debemos mantener nuestro liderazgo mundial con hechos y con el ejemplo.

Tal liderazgo exige que recuperemos la visión profunda y fundamental de Roosevelt, Truman y Kennedy, hoy más cierta que nunca: la seguridad y el bienestar de todos y cada uno de los estadounidenses dependen de la seguridad y el bienestar de quienes viven más allá de nuestras fronteras. La misión de Estados Unidos es proporcionar el liderazgo global fundado en el entendimiento de que el mundo comparte una seguridad común y una humanidad común.

El momento propicio de Estados Unidos no ha pasado, pero debe recuperarse de forma positiva. Considerar que el poderío estadounidense está en un declive terminal es desconocer la gran promesa de Estados Unidos y su objetivo histórico en el mundo. Si soy elegido presidente, comenzaré a renovar esa promesa y ese objetivo el día en que tome posesión del cargo.

Alto a la proliferación de armas nucleares
Para renovar el liderazgo estadounidense en el mundo, debemos hacer frente a la amenaza más urgente a la seguridad de Estados Unidos y el mundo: la proliferación de armas, materiales y tecnología nucleares, y el riesgo de que un dispositivo nuclear caiga en manos de terroristas. La explosión de un artefacto de ese tipo supondría una catástrofe, que empequeñecería la devastación del 11-S y sacudiría todos los rincones del planeta.

Como lo han advertido George Shult, Willia Perry, Henry Kissinger y Sam Nunn, nuestras medidas actuales no son suficientes para enfrentar la amenaza nuclear. El régimen de no proliferación está siendo desafiado, y nuevos programas nucleares civiles podrían propagar los medios para fabricar armas de este tipo. Al Qaeda se ha fijado el objetivo de provocar una “Hiroshima” en Estados Unidos. Los terroristas no necesitan construir una arma nuclear desde cero; sólo tienen que robar o comprar un arma o el material para ensamblarla. Ahora hay disponible uranio altamente enriquecido -y parte del mismo en condiciones muy pocas seguras- en instalaciones nucleares civiles en más de 40 países en todo el mundo. En la ex Unión Soviética hay alrededor de 15.000 a 16.000 armas nucleares y reservas de uranio y plutonio con las que se pueden producir otras 40.000 -todas dispersas en 11 husos horarios-. Hay gente que ya ha sido atrapada tratando de contrabandear material nuclear para venderlo en el mercado negro.

Como presidente, trabajaré con otras naciones para controlar, destruir y detener la proliferación de estas armas con el fin de reducir drásticamente los peligros nucleares para nuestra nación y el mundo. Estados Unidos debe conducir un esfuerzo global para asegurar todas las armas y el material nucleares de sitios vulnerables en un plazo de cuatro años; ésta es la manera más eficaz de impedir que los terroristas adquieran una bomba. Esto requerirá la cooperación activa de Rusia. Aunque no debemos dejar de insistir en que haya más democracia y rendición de cuentas en ese país, debemos trabajar con él en áreas de interés común: sobre todo en garantizar que las armas y el material nucleares estén seguros. También debemos trabajar con Rusia para actualizar y revalorar nuestras peligrosamente anticuadas posturas nucleares de la Guerra Fría y para restar importancia al papel de las armas nucleares. Estados Unidos no debe precipitarse para producir una nueva generación de ojivas nucleares. Y debemos aprovechar los adelantos tecnológicos recientes para construir un consenso bipartidista tras la ratificación del Tratado para la Prohibición Completa de las Pruebas Nucleares. Todo ello puede hacer manteniendo una poderosa fuerza nuclear disuasiva. En definitiva estas medidas reforzarán, en vez de debilitar, nuestra seguridad.

Conforme reduzcamos los arsenales nucleares existentes, trabajaré para negociar una prohibición global verificable de la producción de nuevos materiales para armamento nuclear. También debemos frenar la propagación de la tecnología de armas nucleares y asegurar que los países no puedan construir -o estén a punto de construir- un programa de armas atómicas con el pretexto de desarrollar energía nuclear pacífica. Por ello, mi administración proporcionará de inmediato 50 millones de dólares para iniciar la creación de un banco de combustible nuclear manejado por la Agencia Internacional de Energía Atómica y trabajar para actualizar el Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares. También debemos implementar totalmente la ley que el senador Richard Lugar y yo presentamos para ayudar a Estados Unidos y nuestros aliados a detectar y detener el contrabando de armas de destrucción masiva en todo el mundo.

Por último, debemos crear una coalición internacional fuerte para impedir que Irán obtenga armas nucleares y eliminar el programa nuclear bélico de Corea del Norte. Irán y Corea del Norte podrían desencadenar carreras armamentistas regionales, creando peligros focos rojos nucleares en Medio Oriente y Asia del Este. A la hora de hacer frente a estas amenazas, no excluiré la opción militar. Pero nuestra primera medida debe ser la diplomacia sostenida, directa y enérgica, como la que el gobierno de Bush ha sido incapaz de usar, o no ha estado dispuesto a emprender.

Revista Abanico. Periódico La Prensa Libre 1 noviembre 2008.

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