Anticipo
Añoranzas de San José
Fragmento de la novela ‘Los ojos de Edith’, del escritor y periodista Fernando Jarquín Pfaeffle.
¡Qué sabroso es desperezarse y, sobre la cama calientita, estirar, con fuerza y despreocupación, cada miembro del cuerpo hasta que haga “crach”, en la pura mañanita, apenas uno se despierta y la conciencia no deja de divagar…! Continuar con un bostezo más fuerte que el de ayer, acompañado de un largo y profundo “¡Aaaaaa-aaaaah…!” de pecho y garganta. En ese momento, habitación, cama, cuerpo, almohadas y cobijas son una sola unidad. Oír llover o presentir el frío del nuevo día invita a no querer levantarse, a proseguir con los ojos cerrados, como si protegiésemos nuestra propia humanidad del exterior y de la fuerza gravitatoria, pues en ese instante lo más agradable es permanecer en reposo. Así, en el calor de mis cobijas, recordé aquel pasaje dicho por don Quijote, que mi madre nos había leído durante la cena, en la noche anterior: “Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho. Los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones… Nuestros enemigos más fuertes, el miedo al poderoso y nosotros mismos… La cosa más fácil, equivocarnos… La más destructiva, la mentira y el egoísmo… La peor derrota, el desaliento… Los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor… Las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y, sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiere que esté…”
Mi madre me había dicho que era algo irremediable: cada despertar tiene un nuevo día por delante, un nuevo reto. Ni modo; ahora y una vez más, obligadamente había que levantarse para hacerle frente a un nuevo día y así constatar si don Miguel de Cervantes Saavedra, el famoso Manco de Lepanto, estaba en lo cierto; entonces, en ese momento yo tenía por delante la obligación de construir el día más hermoso de mi vida. ¡Sea, pues!
Mi viejo San José
Definitivamente el clima del mes de diciembre en San José era más frío, más ventoso que ahora. Y los que estábamos en plena adolescencia al final de decenio de los cincuenta en el siglo pasado, aún sufríamos aquella dictadura maternal de tener que ponernos un suéter –prenda que las madres obligan a usar a su hijos cuando ellas sienten frío, según definición de mi propia madre–, bajo pena de enclaustramiento obligatorio en la casa y el respectivo reporte de castigo a la autoridad paterna. A todos los carajos del barrio, que no éramos pocos, difícilmente nos era necesario el abrigo de un chaleco de lana porque la energía que liberábamos en los partidos de futbol, mejengas buenísimas que jugábamos en media calle, entre autobús y autobús de Sabana-Cementerio nos calentaba lo suficiente.
Mi barrio es más que un conjunto de casas y calles y avenidas asfaltadas: era un universo completo. Un universo lleno de encanto y de fantasía. Tenía todos los ingredientes del “Neverland”, del mismo “País del Nunca Jamás” de Peter Pan, que fue creado por la pluma del escocés James Matthew Barrie. No le faltaba nada, absolutamente nada. Si la felicidad perfecta existiera, bien puedo decir que yo era feliz en el sentido más amplio de la palabra.
Por lo menos hasta ese día…
Suplemento Áncora. periódico LA Nación 27 julio 2008.

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del.icio.us
Por favor precisarme el capitulo donde se encuentra la frase de El Quijote que mencionas.
Gracias
Jose Castillo | 01-01-2009 - 18:08:42 GMT 1 #