Maravillas arqueológicas: embajadoras de Costa Rica en Québec
“Tierra de Maravillas”, la primera muestra costarricense presentada en suelo canadiense
Arqueólogo
Ricardo Vázquez, Departamento de Antropología e Historia del Museo Nacional de Costa Rica
Gigantescas figuras precolombinas se asoman por sobre una de las calles más emblemáticas de la ciudad de Montreal: la Rue de la Commune. Se trata de un formidable rótulo que cuelga de la fachada principal del Museo de Arqueología e Historia, Pointe-à-Callière. Entre las dos bellas y sorprendentes figuras de barro y piedra volcánica, visibles a cinco cuadras, se lee con claridad “Costa Rica: Tierra de Maravillas”, como anuncio de la exhibición del mismo nombre.
Este evento cultural es el resultado de una cooperación entre el museo Pointe-à-Callière y el Museo Nacional de Costa Rica. Forma parte de una serie de exhibiciones que ofrece al público canadiense una sobrevista mundial sobre la historia antigua. Costa Rica está entre las cuatro localidades de América que incluye la serie.
En este contexto, las maravillas producidas por los grupos prehispánicos de nuestro territorio ocupan el mismo escenario expositivo que han tenido los iroqueses del Canadá, los aztecas de México y los mochicas del Perú. Esto sin contar magníficas muestras de Egipto, Japón y Siria, entre otras. “Tierra de Maravillas” es la primera muestra costarricense de su tipo especialmente presentada en suelo canadiense.
Ambiciosa proyección. La proyección del museo Pointe-à-Callière es, por lo tanto, ambiciosa lo que genera un público expectante y ávido de conocimiento cultural. Esta actitud puede muy bien ser la puerta que lleve a querer conocer el país de donde procede la muestra de hermosos artefactos. Si esto no se cumpliera, la imaginación quedaría estimulada y sensibilizada en torno a una pequeña nación hermana, soleada, exuberante en su naturaleza y con un pasado lleno de maravillas en piedra, cerámica y orfebrería. Mucho de ese patrimonio ha sido degradado y nos toca la ineludible responsabilidad de salvaguardar los yacimientos que aun quedan: como “biblioteca en las capas del suelo”.
Enclavado en el Viejo Montreal, justo donde esta importante ciudad nació en una isla junto al río San Lorenzo, Pointe-à–Callière constituye uno de los museos más exitosos del Canadá. Evidencia de ello es la gran cantidad de visitantes que anualmente recibe en sus impresionantes instalaciones. Varios edificios especialmente construidos complementan hermosos inmuebles históricos en un solo complejo de museos, interconectado por amplios recintos subterráneos. Los estratos dentro d el complejo cuentan la historia sepultada de la ciudad, con cimientos, calles, muros, acueductos, hasta el nivel de la ocupación indígena. Pointe-à–Callière es un museo de sitio.
La exhibición arqueológica costarricense se alberga en una sala superior del edificio principal. Contornos calados de gran tamaño que perfilan motivos de algunos de los objetos exhibidos, como ranas y figuras humanas, brindan los accesos entre divisiones temáticas de la exhibición. Estos íconos son umbrales a 2000 años de historia que es contada por 225 maravillosos artefactos, ayudados por coloquiales textos, e ilustrativas fotografías y mapas. En la sala predominan tonalidades de verde y amarillo, como se encontraría dentro de un bosque costarricense y, de igual manera, en el jade y el oro precolombino. Vitrinas especialmente montadas e iluminadas, realzan las características de las piezas bajo estudiadas medidas de conservación y seguridad.
La muestra viajó, luego de un año de planeamiento y preparación por parte de ambos museos, que involucró aspectos diversos de selección, restauración, convenio legal, seguros y cuidadoso embalaje. Todo para propiciar cuatro meses de exposición, a partir del 3 de noviembre 2008, y el retorno sin tropiezo del patrimonio a su país de origen. El guion temático, los textos e ilustraciones son también producto mancomunado, bajo la guía de arqueólogos del Museo Nacional y la Universidad de Montreal. Varios de los objetos son exhibidos por primera vez y otros no habían sido antes mostrados fuera de Costa Rica.
Asombrosa destreza artística. “Tierra de Maravillas” abre con una sección acerca del diverso marco geográfico y ambiental de Costa Rica en un pequeño territorio ístmico. Representaciones animales precolombinas se comparan con fotos de las especies biológicas en un asombroso contraste. Luego, la secuencia de períodos arqueológicos, reconocida en tres regiones del país, canaliza la veta principal del guión temático, a saber: el surgimiento, apogeo y caída de sociedades cacicales en un contexto geopolítico extraordinario.
El pequeño territorio ístmico, equidistante entre grandes centros de desarrollos indígenas en Mesoamérica y Suramérica, obtuvo influencias de ellos, pero generó una trayectoria propia que decae con la intrusión española. Algunos dirían que el sur de Centroamérica fue parte de un mundo amerindio marginal, así podría catalogarse, pero con alcances maravillosos que se expresan en asombrosas destrezas artísticas e intrigantes dimensiones simbólicas. Como es posible percibir, son grandes los paralelismos con la actual Costa Rica.
El momento es adecuado y la expectativa existe. Canadá se apresta a iniciar su larga y fuerte temporada invernal. Así, mucho público interesado busca el beneficio de edificantes actividades bajo techo.
Costa Rica no es desconocida entre la gente de Québec, merced al turismo y a ciudadanos canadienses que han establecido casa en Costa Rica. La expectativa radica en saber más sobre un país ya conocido o que hay posibilidad de visitar. El lugar de donde viene muy buen café, gustosas frutas tropicales y gran variedad de otros productos, algunos inclusive de alta tecnología. El país sin ejército, pero muchas playas, imponentes volcanes y numerosas áreas silvestres protegidas. Tierra que ofrece una dimensión paradójica en variedad de aspectos, pero con gente cargada de esperanza.
Quizá la mejor manera de definirlo sea en concordancia con lo que indican los arqueólogos: un diverso pero pequeño territorio donde no se alcanzaron altos niveles de centralización política, económica e ideológica, pero, por ello, acaso en un ambiente social muy humano.
Son los bienes patrimoniales nuestros muy dignos embajadores culturales.
periódico La Nación 3 noviembre 2008.

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