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RESONOCO

11/11/2008 GMT 1

La dimensión social del Cristianismo.

marfuerte @ 00:20

Ocean Castillo Loría.

No es raro en ciertos sectores de América Latina, que las y los creyentes en Cristo, observen su fe como una cuestión de salvación o perdición individual, sin ninguna implicancia social o colectiva.

Dicha situación desconoce una de las características principales del Dios de Israel, y por ende, del Dios de Jesús de Nazaret: “Pero el Señor siguió diciendo: - Claramente he visto cómo sufre mi pueblo que está en Egipto. Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren. Por eso he bajado, para salvarlos del poder de los egipcios; voy a sacarlos de ese país y a llevarlos a una tierra grande y buena, donde la leche y la miel corren como el agua,.. Mira, he escuchado las quejas de los israelitas y he visto también que los egipcios los maltratan mucho” (Ex 3: 7 – 9)

Como puede verse, este Dios es uno que se preocupa por la situación social de su pueblo. Es por ello que la vivencia del culto que Dios acepta es la construcción de la justicia y el reconocimiento y solidaridad con el oprimido y el necesitado: “lavaos y limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1: 16 – 17)

De ahí que, el creyente en Dios no puede pensar que el pecado es solo una ofensa espiritual, sino, que la injusticia, la pobreza y la opresión social son pecado. De ahí que dejar de hacer el mal, dejar de explotar al prójimo, compartir el alimento con el hambriento, ser solidarios con los damnificados y los que nada tienen, es la verdadera religión (Is 58: 6 - 7)

Ya lo diría Juan Pablo II: “Al dirigir nuestra mirada ahora al mundo contemporáneo, debemos constatar que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente. A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de cuanto la recta razón y la Revelación nos dicen acerca de Dios, muchos hombres y mujeres pierden el sentido de la alianza de Dios y de sus mandamientos. Además, muy a menudo la responsabilidad humana se ofusca por la pretensión de una libertad absoluta, que se considera amenazada y condicionada por Dios, legislador supremo.”

En la misma línea del Dios que se le presenta a Moisés y del Dios de los profetas, se ubica la misión de Jesús, tal y como lo adelanta su propia madre: “…deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1: 52 – 53)

Es por ello que Cristo opta por los pobres y les hace privilegiados de su mensaje:”Felices ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios…” (Lc 6: 21)

Los pobres son privilegiados, porque el Reino de Dios es una forma de convivencia en la que los pobres dejan de ser pobres y para ello, los ricos deben dejar de ser ricos: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Mc 10: 25) Es por esta razón que todos debemos ser solidarios en pro de una sociedad más justa.
Ahora bien, dado que el proyecto de Jesús (El Reino de Dios), involucra todas las cosas, (esfera espiritual y esfera material), es que la comunidad de fe (La Iglesia) debe optar por los pobres con el objetivo de liberarlos integralmente (Puebla n. 1134)

En esta misma línea se inscriben las palabras del Obispo Costarricense Víctor Manuel Sanabria: “El orden económico, si quiere ser justo, no es independiente del orden moral y religioso, sino que está subordinado a éste…”.

La comunidad de fe siempre ha sido consciente de esta misión, desde la iglesia primitiva (Hechos capítulos 2 y 4). También los Padres de la Iglesia denunciaron la concentración de las riquezas: “Dios nos ha dado el sol, los astros, los cielos, los elementos, los ríos de los que gozamos en común; nada de este es propiedad particular. Sobre ellos no cabe título ni documento. He aquí la imagen y la ley de la naturaleza, si Dios ha hecho común estas cosas, ha sido ciertamente para enseñarnos a poseer en común todo lo demás. Los conflictos y las guerras estallan porque algunos tratan de apropiarse de lo que pertenece a todos” (San Basilio)

“La tierra fue creada en común y para todos, ricos y pobres. ¿Por qué, pues ricos, os atribuís el monopolio de su propiedad? No son tuyos los bienes de que haces obsequio al pobre; es una pequeña porción de lo suyo que le restituyes, pues se trata de un bien común para uso de todos y que tu solo usurpas” (San Ambrosio)

Teniendo esto claro, y tomando en cuenta que en América Latina hay pocos muy ricos y muchos muy pobres, es que los creyentes deben ejercer una fe liberadora, una fe que comprende que debe serse generoso con los pobres y los miserables, una fe que sabe que para cambiar las estructuras hay que derrotar el egoísmo en el ser humano, por lo que hay que trabajar en el corazón de éste y en las estructuras sociales que produce.

Ya lo decía el sacerdote Jorge Volio: “Que sea el sacerdote el que abra la mente a los campesinos, a los políticos, a los economistas, a los sociólogos, para que tomen conciencia de los problemas que abaten al mundo contemporáneo”.

Otra prueba de la dimensión social del Cristianismo se encuentra en el Concilio Vaticano II: “Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras un pequeño número de hombres dispone de amplísimo poder de decisión, otros, están privados de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo en condiciones de vida y trabajo indigna de la persona humana…” (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Segunda parte: Algunos problemas más urgentes: capítulo III: La vida económico – social. Numeral 63)

Volviendo a América Latina, es claro que los líderes de la Iglesia Cristiana, sobre todo, la Católica, sin despreciar la tarea de ciertas comunidades Protestantes, muestran una fuerte preocupación por la esfera social: “El episcopado latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina…” (Medellín, pobreza, n. 1 y 2) En esta misma línea, en el Sínodo Regional de Puebla, la Iglesia renuncia a la neutralidad para colaborar en la liberación de los pueblos y en la edificación de una sociedad más pluralista (Puebla 1206)

Esta renuncia a la neutralidad a favor del pobre, tiene sus consecuencias, ya lo explicaría el mártir Mons. Oscar Arnulfo Romero: “por defender al pobre la iglesia ha entrado en grave conflicto con los poderosos de las oligarquías económicas y los poderes políticos y militares del Estado…”.

Hemos dicho antes que, el egoísmo es el origen de las estructuras sociales injustas y estas estructuras están alimentadas por ciertas ópticas ideológicas. Tal es el caso de la búsqueda de la libertad económica donde lo importante es la máxima producción a los más bajos costos (Se consideran como gastos, importantes inversiones de tipo laboral y la seguridad social). Esta lógica conduce a privilegiar la producción de la riqueza por encima de su distribución, lo que a todas luces atenta contra la ética cristiana: “El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes…” (Sant. 5: 3)

Se concluye que si se es coherente con la dimensión social del Cristianismo, el creyente debe procurar una fe que ora dentro de la acción y con la acción, viviendo un encuentro con Dios en el encuentro con el prójimo. Una fe que conjuga oración y liberación.

Una fe que nos lleva a orar y a actuar en la política, en la sociedad y en la historia para transformarla. Esta es la fe liberadora, basada en la dimensión social del Cristianismo; lo contrario, es adormecimiento, ignorancia o hipocresía.

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