Reflexión de adviento 2
“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Confiamos sin temor. Aunque nos abandonen hasta los más íntimos, el Señor nos recibirá.
“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Eres amparo y refugio.
“Bendito el que viene en nombre del Señor”.
Eres defensor, padre y madre.
“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Que se acerquen a ti aquellos que entre tropiezos y con desesperación te buscan cargados de su pecado.
“Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Este es tiempo de espera, pero esa espera debe fortalecernos en valentía y esperanza.
Esperanza, porque el que está por venir ha vencido los poderes del mal y de la muerte.
El Hijo del Hombre nos da su paz y no como la da el mundo, Él nos alimenta con su palabra y con su mismo cuerpo hecho pan, pan que nos alimenta con la vida eterna. Es por ello que podemos ser sus testigos ante la gente.
Este es tiempo de espera, un buen momento para alabar a Dios. Él es el dueño del universo.
Es un tiempo para reflexionar sobre como poner nuestras virtudes al servicio de la humanidad. Quien sigue a Cristo, debe consolar a la humanidad herida y trasmitir el mensaje del llamado de Dios.
Debemos continuar la obra misericordiosa de Jesucristo entre aquellos que fueron sus beneficiarios, los marginados de la sociedad. A estos debe dirigirse la acción de la iglesia. Aquí está la verdadera credibilidad de la comunidad creyente.
Jesús viene a consolarnos. Consolarse no es resignarse, es cobrar ánimo para seguir adelante en la misión que nos ha encomendado. Debemos cumplir esa misión a pesar de las dificultades.
Nosotros ya hemos sido testigos de la misericordia del Señor, es por ello que también le suplicamos su ayuda y tenemos plena conciencia de la paz que nos otorga y la plenitud de sus bendiciones.
Por tal razón, podemos compartir la buena nueva de la venida de Cristo. Buena nueva que significa ir mostrando la vida y obra de Jesucristo, buena nueva que es la posibilidad de cambiar en lo más profundo de nuestro ser.
Este cambio implica un camino, un tránsito, un andar, y esa acción es un volver a Dios. Así como Juan el Bautista predicó en el desierto, nosotros debemos recorrer el desierto de nuestra vida en busca de Dios. Solo de esta manera, viviremos nuestra liberación. Adviento es tiempo de hacer conciencia y preparación. El adviento es tiempo de decantar nuestra actitud de cara a la venida del Mesías, donde se manifestará su gloria.
El tiempo de la dominación del pecado ha terminado, Dios nos conduce a la libertad por medio de su Hijo. Esto es lo que debemos proclamar a quienes desconocen esta maravillosa noticia. Debemos proclamar que aquel que viene pagará nuestras culpas. Por aquel que viene somos perdonados. Es por esto que reconocemos a Dios como Dios.
Debemos proclamar que con Jesús viene una salvación que une al cielo con la tierra, que une a Dios con el ser humano. Cristo es plenitud de Dios en la tierra. Jesucristo inaugura una obra de la que, como ya hemos dicho, somos parte.
Esta unión del cielo con la tierra tiene como signo la encarnación de Jesús en María, su madre. Por este acto es que confiar en Dios significa confiar en el ser humano. No se puede amar a Dios sin amar al hombre.
Por eso, a pesar de la profunda crisis y sinsentido en que vive el mundo podemos decir: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. Dios es salvación que se acerca y Gloria que habita en nuestra tierra. Es claro que debemos esperar y tener esperanza hasta el tiempo de la gran manifestación de nuestro Salvador.
Seguimos insistiendo, esta espera, no puede ser pasiva, si vivimos en santidad podemos facilitar el regreso de Cristo. Nuestra misión es que el mundo camine por sendas de honestidad, paz y reconciliación.
Así las cosas, podemos cantar a Dios un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. La senda de nuestra liberación queda marcada por la venida de Dios hecho hombre: Jesucristo, y por su resurrección.
En este tiempo de las comunicaciones, estamos invadidos por la palabra y por las palabras, pero la que debemos buscar es la palabra de Dios y esa palabra es de compromiso, esperanza y amor.
El centro de esa palabra es Jesús. Por medio de Él, Dios está con nosotros. Por medio de Él, Dios nos salva. Cristo lo deja todo para venir a salvar a sus preciados hijos e hijas: la humanidad entera.
Es gracias al amor que Dios nos tiene, que nos elige, como se lo explicara San Pablo a los Efesios. Este llamamiento y elección nos debe orientar a la santidad. Este tiempo de adviento debe hacernos recordar que por la gratuidad de Dios, somos el “nuevo Israel”, pueblo de Dios.
Y es como Pueblo de Dios, que debemos como lo hizo María ante el anuncio del ángel, alegrarnos con verdadero júbilo: Dios viene entre su pueblo. El Espíritu Santo desciende sobre María, lo que la hace madre de Jesucristo y es por ese mismo Espíritu, que la comunidad de fe es madre de los creyentes, de aquellos que reciben el Espíritu de Jesús por medio del bautismo.
De aquí se deriva que la base de nuestro optimismo y esperanza en la oferta de salvación de Dios no depende de nuestros méritos, sino que su Santo Espíritu viene a nosotros para fortalecernos en nuestras debilidades y precariedades.
Y precisamente, porque la iglesia es conciente de sus debilidades y precariedades, es que debemos preguntarnos: ¿Nos hemos preocupado por aquellas y aquellos que en algún momento compartieron con nosotros la fe, y hoy están extraviados?
El adviento es tiempo de hacer examen de conciencia. No podemos seguir despreciando a los que buscan a Cristo, no podemos seguir esperando a que lleguen a las puertas de la comunidad. ¡hay que salir a buscarlos! Debemos ser garantía de amor para los que están extraviados.
¡Que grande es la obra de Dios que estamos esperando!
Debemos festejar alegremente la llegada del Señor que viene a establecer su reino de justicia y verdad. Debemos comprender que la mayor gloria de Dios es que nuestros pueblos basen sus relaciones en la justicia. La ambición desmedida del ser humano ha arruinado la creación de Dios, pero todo cambia cuando descubrimos en Dios nuestra razón de ser.
¡El Señor es rey!
Los dioses ante los que hoy nos postramos, sobre todo el dinero, no son nada frente a la majestad del que viene. Estará entre nosotros con su santidad, adorémosle como se lo merece, porque todo el poder y la gloria le pertenecen.
En este tiempo de adviento renovemos nuestro deseo que venga el Reino de Dios, volvemos a recordar el Padre Nuestro: “Venga a nosotros tu Reino”. Sepamos que este Reino esta cada vez más cerca.
Este deseo debe fundamentarse en una clara convicción: Dios es todopoderoso, ninguna fuerza humana es capaz de impedir que Él cumpla sus planes de salvación. Por eso podemos decir: “Bendice, alma mía, al Señor”, te damos gracias por tu bondad y tu amor, porque perdonas y llenas de bendiciones a quienes te son fieles. Es indudable que lo propio de Dios es “tener misericordia y perdonar”.
No olvidemos que Dios comprende nuestras debilidades, tan las comprende, que se hace hombre en Cristo Jesús, padeciendo sufrimiento, tentación y hasta la muerte. No podemos olvidar que el niño que esperamos terminará en una cruz, símbolo de redención por encima de la historia y del mundo. Este que esperamos nos lleva a la vida eterna. Este que esperamos se juega la vida por su misión. Él terminó en una cruz. Nuestro cristianismo es nada si no denunciamos lo incorrecto y anunciamos la esperanza, nuestro cristianismo no es nada si en nuestro horizonte no vislumbramos la cruz.
Creemos y esperamos en Dios por los testigos que nos han precedido y por nuestra propia experiencia de relación con Él. Por eso celebramos su gran gloria.
Bendecimos a Jesús, porque Él es nuestro descanso de los trabajos y cargas de esta vida. Bendecimos a Cristo, porque nos hace descubrir en la vida y en nuestra propia cruz el amor de Dios. Bendecimos a Jesucristo, porque en su humildad nos enseña que el propósito de Dios es conducirnos a Él.
Lo hemos dicho y lo repetimos: ¡Que grande es la obra de Dios que estamos esperando!
Dios sigue actuando en la naturaleza y en la historia. Es el ser humano quien se cansa, Jesús nos muestra que su Padre sigue trabajando. Pese a ello, Cristo nos dice: “Vengan a mí los que están trabajados y cansados, que yo los haré descansar”. Dios sigue actuando, mostrando su amor paternal.
Dios sigue actuando, por eso lo alabamos en los momentos de alegría y también en las horas de tristeza, en nuestros momentos de vigor o de gran fragilidad. Por eso Jesucristo nos ha mostrado el rostro de Dios, el lenguaje para invocarlo y el camino que nos lleva a Él.
Mas para ver su rostro, conocerle y entenderle, debemos ser sencillos, confiar plenamente en Jesús y sin ningún tipo de egoísmos entregarnos a su señorío.
Dios sigue actuando, Él es redentor, viene a rescatarnos de la esclavitud del pecado y de sus consecuencias. Alabémoslo porque es un rey justo y poderoso, lleno de compasión y misericordia.
Él es redentor, protector del oprimido, tal y como nos lo enseñó Cristo. Él es agua de vida, justicia, fidelidad, bondad, omnipotencia. Descubramos en adviento la inmensa riqueza de Dios, en sus hechos, en su revelación y en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Él rescata a los pobres, los perdidos y los aislados. Además, necesita de ellos para transformar el mundo.
Hemos dicho que debemos renovar nuestro deseo por la venida del Reino de Dios. Debemos comprender que este Reino es la fuerza que hace progresar la historia, y aunque este avance sea rápido o lento, las y los creyentes, como también lo hemos subrayado, estamos llamados a participar en esa transformación individual y social. es claro: Con los ojos de la fe, vemos como Dios “está haciendo las cosas nuevas” para salvarnos.
El llamado de Dios sigue patente, el llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. Estemos atentos, no vaya a ser que nos arrepintamos por el destino que pudimos haber tenido a lado de Dios, pero lo rechazamos.
El llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. No rechacemos las insinuaciones del Señor. Que el testimonio de Jesús que viene, nos sea salvación y no condenación: “Si hoy escuchas su voz, no endurezcas el corazón”.
En este tiempo también se nos plantean los dos clásicos caminos. Tenemos que ser responsables de nuestras vidas, lo que sembramos eso cosechamos. Seguir el camino de Dios nos depara la felicidad en la vida, su rechazo es simple y terriblemente la muerte. Cristo nos sirve de ejemplo perfecto de los frutos que brinda el servicio a Dios, los frutos de su Santo Espíritu que son irreprochables.
¿Por cuál camino vamos transitando como sociedad? Nos hemos dejado tentar siguiendo otros dioses: el poder, el placer y el tener. Tal parece que el Señor no nos interesa. He aquí la principal razón de nuestro fracaso histórico. Quizás hemos dicho sí al Señor y no le hemos cumplido. A pesar de esto, el llamado de Dios se renueva en este tiempo de adviento. Este llamado nos muestra como Cristo encarna la sabiduría de Dios, y sus hechos confirman que Él es quien esperamos.
La gran cuestión es si queremos o no queremos comprometernos en el proyecto de Dios. Cuestionémonos si estamos instalados en un conformismo religioso que nos impide la construcción del Reino de Dios.
Este es un buen momento para que como país hagamos una súplica dada la grave situación que vivimos: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. “Oh Dios manifiéstate”. Si fracasamos como cristianos, Jesucristo habrá fracasado: Señor, “¡Haz que volvamos y conviértenos!”. La mirada de Dios es salvadora, también en tiempos actuales.
III.
Jesús ha sido consagrado por Dios como rey y sacerdote, esta unción también le da la dimensión de profeta: Él anuncia la esperanza y denuncia lo incorrecto. Él anuncia el Reino de Dios y denuncia la explotación y esclavitud que implicaba la religión de su tiempo, y que aún subsiste en el nuestro.
Como profeta, Cristo habla y muestra signos de la liberación de los oprimidos. He aquí un tiempo de júbilo, un tiempo de perdón de deudas y la devolución de libertad a los esclavos. Inclusive, es válido pensar en este tipo de salidas para muchas de las problemáticas socio – económicas del mundo de hoy

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