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RESONOCO

08/12/2008 GMT 1

Reflexión de adviento 3

marfuerte @ 23:29

De nuevo viene a nuestra mente el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas (deudas) como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (deudores)”. Debemos perdonar para ser perdonados. ¿A quién o a quiénes debemos perdonar? El tiempo de adviento es buen tiempo para ejercer el perdón.

Por otro lado, nuestra sociedad está llena de esclavitudes y esclavos: muchos creen ejercer poder, pero son esclavos de la ambición y el deseo de dominación. Muchos creen que tienen control de las cosas que dan placer, pero son esclavos de ese placer y no tienen dominio propio sobre sus apetitos. Muchos creen que en el poseer hay poder, autoridad y prestigio, pero las posesiones los dominan. Todas estas personas piensan que son libres, pero son esclavos. A ellos, se les proclama la libertad.

Esta es la misión de Jesucristo. Socorrer a los pobres y humildes, y hacer entender que los ricos no podrán entrar en el Reino de Dios y hacer ver que somos objeto del favor de Dios. La pobreza es más que una situación económica y social, es una actitud humilde ante Dios. Debe tenerse la actitud de quienes no tienen nada y están dispuestos a recibirlo todo. La pobreza es condición para buscar a Dios, los pobres son los que esperan encontrar a Dios.

Los poderosos conducen la historia bajo criterios de poder, tener y dominio, dejando como saldo una inmensa cantidad de empobrecidos, excluidos y marginados. Dios actúa al contrario, los protagonistas son los ignorados de una sociedad intrínsicamente injusta.

La misión de Cristo es la liberación de las estructuras injustas que por medio y en nombre de Dios (Que en realidad sería un dios, en minúscula) mantienen al pueblo en el abandono, la discriminación y el hambre. He aquí una gran verdad: no se puede seguir creyendo que la pobreza es voluntad del Todopoderoso y que hay que resignarse. A partir de aquí, es claro que debemos esforzarnos con nuestra lucha para cambiar las situaciones injustas que vive nuestra sociedad. No podemos seguir aceptando la corrupción, no podemos seguir pensando que la violencia y la injusticia son cosas cotidianas.

Ya lo dice el salmista: “Dichoso el pueblo que tiene al Señor por Dios”. Si actuamos conforme a su voluntad, sabemos que Él tiene sus ojos puestos en los que le respetan.

Una vez más, debemos insistir que si los creyentes somos continuadores de la obra de Jesucristo, debemos orar sin cesar por el cumplimiento de su voluntad, debemos pedir discernimiento para poder llevar adelante la misión en medio de las dificultades. Solo a los ojos de la fe, podremos ver la panorámica del proyecto de Dios en medio de los problemas. Pese a estas dificultades, no debemos desesperarnos. Aun en las situaciones más difíciles, cuando hay desgracias, inquietud o excesivo pecado tenemos de nuestro lado el poderosísimo amor de Dios.

Ese amor está sellado con la entrega de Jesús. En esa entrega hay certeza de que Dios no abandonará a su pueblo. Se presenta aquí la alianza entre Dios y la humanidad que celebramos siempre en nuestros Cultos. Este tiempo es apto para no olvidar este mensaje de nuestras celebraciones.

Una de las dificultades a la que nos enfrentamos tiene que ver con los falsos cristos. El tiempo de adviento es momento de fijar nuestros ojos en el verdadero Señor. El Cordero de Dios, quien derrota el pecado, el que está ungido por el Espíritu. La manifestación última de Dios.

Ahora bien, hay algo que resulta esencial: Cristo nos da la posibilidad de ser hijos de Dios, por medio de creer en su nombre. Es decir, creer en Jesucristo Dios y hombre verdadero. Y esta creencia y experiencia de Jesús es una invitación a conocer y escuchar la voluntad de Dios para ponerla en práctica. Solo en esta práctica, se puede recuperar la vida humana. Esta recuperación implica saber que el Señor gobierna todas las cosas con amor, justicia y sabiduría.

Es tiempo de adviento, tiempo de preparación. Es tiempo de conversión. Es tiempo de reconocer nuestros pecados. Solo de esta manera se nos abrirá el Reino de Dios y podremos conocer el rostro de Dios Padre.

Quienes vivan la conversión estarán por delante de aquellos que creen tener un lugar privilegiado ante Dios, aquellos que están indiferentes frente al anuncio del que viene. Cuando descubrimos nuestra miseria y el perdón de Dios, estaremos listos para empezar su Reinado.

La restauración de nuestra sociedad comenzará por la relación sincera con Dios, después podremos dar un testimonio que transformará a los demás, y Dios mismo cambiará internamente al pueblo. Esta es nuestra esperanza, esta esperanza está aparejada al amor de Dios.

Hemos hablado de una relación sincera con Dios. Esto significa que la honra a Dios no implica observar ritos externos, se trata de hacer su voluntad. El amor hecho realidad no depende de ortodoxias teológicas, depende del compromiso. Dios conoce los secretos de nosotros, lo importante es practicar la justicia. Una relación sincera con Dios está basada en el compromiso. Las apariencias de obediencia, son solo palabras huecas, no crean relaciones genuinas. El adviento es tiempo de alcanzar una relación sincera con Dios. Esto, no significa grandilocuencia, Dios se fija en el corazón de los seres humanos y en los detalles más pequeños. En estos detalles, se expresa el deseo ardiente de amar a Dios y de hacerle amar por encima de todo. Estos detalles son fruto de la verdadera reconciliación.

Es adviento, estamos esperando al Rey de la paz. El que hará justicia a los humildes. Es adviento. Estamos esperando la paz universal. Después de tanta sangre, de tanto conflicto, de tanta muerte…

¡Sí, ven Señor Jesús!

Instaura tu Reino…

“Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”

Permítenos ver los signos de tu gobierno.

La fortaleza de los deseos de justicia y paz para la humanidad entera.

¡Sí, ven Señor Jesús!

En ti se cumplen las promesas de unidad de las naciones.

Permítenos entregarnos totalmente a ti para que nos bendigas.

Perdona nuestros pecados. Ábrenos las puertas de tu Reino.

Derrota el pecado, fortalece nuestra esperanza.

Eres el gobernante perfecto, al servicio de la justicia, al servicio de los pobres y los desvalidos. Que todos participen de las riquezas de la tierra.

El Reino de Dios es el Reino eterno.

Reino universal de justicia y paz.

Cristo vencerá a los opresores.

Jesucristo, Rey del universo…

Ayúdanos a construir una sociedad más igualitaria, justa y solidaria.

Jesús, gracias por encarnarte en nuestra realidad de promesas, esperanzas, fragilidad y pecado.

Gracias por encarnarte entre lo bueno, lo frágil, el éxito, el fracaso, el dolor, el sufrimiento.

Gracias por venir a nuestra historia, historia de padres, de sabios, de visionarios… historia de gobernantes honrados y corruptos, historia de trabajadores, campesinos, desterrados, esclavos, nativos, migrantes y prostitutas.

Nos has hecho parte de tu familia sin exclusión.

Nos has hecho partícipes de las promesas que Dios Padre le hizo a la humanidad.

Es por eso que podemos cantar: “El Señor es nuestra victoria”. Él es nuestra victoria porque es rectitud, sol de justicia, salvación y liberación. Él es nuestra victoria porque es “Dios con nosotros”.

“El Señor es nuestra victoria” porque en Él se han cumplido las palabras de la Escritura.

Adviento es tiempo de colocarnos frente al misterio de los designios de Dios… este misterio es tal, porque sobrepasa nuestro saber y entender, es por ello que en esta situación debemos discernir nuestra vocación para ponernos al servicio de Dios.

Este discernimiento se da en muchos de nuestros países de América Latina en medio de la persecución y la adversidad, pero los hombres y mujeres que las sufren, tienen firme su confianza en el Señor y acuden a Él para pedirle ayuda y protección. Con esta protección Dios hará justicia y los cómplices de la maldad serán avergonzados.

Recordemos en este tiempo como hemos conocido la misericordia de Dios, recordemos todas las maravillas que ha hecho por nosotros. Pidámosle que en todo momento de nuestra vida nos otorgue el verdadero consuelo. Tal consuelo solo es posible si nos tornamos pobres o humildes ante Dios. Solo de esta manera nuestras oraciones serán respondidas.

Al ser humildes ante Dios, podremos ser ejemplo de arrepentimiento y austeridad en medio de una sociedad invadida por las tentaciones de pecado y el excesivo amor al materialismo y al consumismo.

Asimismo, al ser ejemplos de humildad ante Dios, podremos ser signos de reconciliación de la humanidad por medio de la justicia y la fidelidad a la ley del amor. Esto parece complicado, pero nada es imposible para Dios. Para lograr esto, debemos permitir que el Espíritu Santo, sea un elemento dinámico en nuestras vidas. Este Espíritu no dejará quietud a sus siervos, que serán movidos de manera imprevista para que cumplan su misión. Él nos sostendrá, nos instruirá y nos dará confianza. A lo largo de nuestra vida veremos la protección maravillosa de Dios.

Este desafío de humildad nos permitirá ser signos de cómo Dios reivindica a los marginados. En estos signos los demás descubrirán la forma en que Dios se solidariza en personas marginadas y se presenta en medio de la cotidianidad de la vida, como refugio y fortaleza. He aquí un mensaje claro de este tiempo de adviento: Dios siempre se manifiesta allí donde menos se piensa, en las personas que no cuentan para nada ni para nadie

En este adviento se nos presenta un símbolo: las cosas de Dios no se entienden de una vez, somos lentos para entender a Dios, pero con fe y humildad en el corazón, los actos de Dios pueden ser comprendidos.

El Ángel le dice a María: “alégrate”. Dios viene a estar entre su pueblo, “alégrate” es el llamado para este tiempo. Resulta muy lamentable que en estas épocas confundamos esta alegría con la simple satisfacción de necesidades materiales.

Dios viene a estar entre su pueblo, en Jesús se cumplen las promesas hechas desde hace muchísimo tiempo: Él es nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo si permitimos que Él gobierne en nuestros corazones.

Este Reinado es fruto de la misión de Cristo, siervo que sufre por los pecados de sus hermanas y hermanos, y la última palabra es dada por Dios quien le resucita de entre los muertos, permitiendo la reconciliación de la humanidad con el Señor.

El mismo Dios que hizo el universo, que ha desplegado en éste sus riquezas, no ha terminado su obra hasta que visite a la humanidad, y hasta que fruto de esta visita, nazca el ser humano nuevo, hijo de Dios.

Dios ya viene a visitarnos, por eso podemos cantar con el salmista: “va a entrar el Señor, él es el rey de la gloria”. Lo mejor es que si nosotros le seguimos con rectitud, y sinceridad de corazón, podremos entrar con Jesús en la gloria misma.

Para lograr esto, debemos ser morada de Dios. Y para ello, debemos recibir su gracia, que es la sanidad de nuestra alma por parte de Dios, a partir de allí, podemos creer, conocer la verdad y amar verdaderamente.

Toda esta experiencia nos conduce a la vivencia del encuentro de ese “otro” que es Dios, creador, santo y excelso, pero ante todo, amor, amor que arde por salirnos al encuentro, por estar siempre con nosotros.

La humanidad está deseosa por la venida de Dios, pero es la humanidad golpeada por el abandono, la marginación y el rechazo quien más le añora, y es este sector en el que se pronuncia la palabra de Dios. Entre los autosuficientes, los soberbios y egoístas Dios no tiene espacio, no puede expresarse. Dios no puede expresarse entre aquellos que no buscan ni practican la justicia, entre aquellos, que entregan su vida ante ídolos que no son el Señor.

IV

¡Jesucristo es rey!

Él es hijo de Dios.

Está sentado a la derecha del Padre.

En Jesús se complace el Padre.

Por eso decimos con el salmista: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Estamos a la espera.

Dios ha escogido entre los humildes a sus siervos, somos comunidad de fe escogida por el Padre para sembrar en nosotros al Espíritu Santo, y poder tomar en nosotros a Cristo, Verbo de la vida, fruto de nuestra inmensa alegría.

Como lo dice San Pablo a los Romanos, Dios tenía un misterio que ahora nos revela (Romanos 16: 25 – 27) es la salvación que se concreta por el nacimiento, vida y cruz de Jesucristo. Todos estamos llamados a esta salvación. Este misterio de Dios tiene como punto máximo el que Jesucristo restaure el universo y sea su cabeza.

Esta es la bendición del Padre por medio de Jesús.

Por medio de Él se reúnen las ovejas dispersas.

Él vence a este mundo, dando la paz que nos ha conquistado.

Él es siervo de Dios, que sigue el camino de su Padre trayéndonos la salvación.

Él nos es ejemplo de cómo Dios es fiel, de cómo construye la historia y dirige nuestra vida de acuerdo a sus promesas que nunca fallan.

Quizás en tiempos como los que hoy vivimos, el creyente se pregunte: ¿Dónde está nuestro Salvador que debía darle gloria y prosperidad a su pueblo?, ¿Dónde están sus promesas?, ¿Porqué no hay pan para tus hijos?, ¿Dónde está tu justicia?, ¿Porqué tu Iglesia no vive según tu Evangelio?

Desde esta perspectiva, podría ser que no tuviéramos mucha esperanza, no podemos olvidar que Cristo sufrió su propio fracaso al morir en una cruz, pero de nuevo, su historia no se cierra ahí, la última palabra de Dios es la resurrección. Esa es parte de nuestra esperanza.

Ya lo hemos dicho y lo repetimos: si creemos en Jesucristo, si poseemos su Espíritu, seremos las manos y los pies del Señor en este mundo.

¡Que en este tiempo de adviento estemos abiertos a la acción del Espíritu Santo!

Solo por medio de Él podremos cantar la humillación de los soberbios y la exaltación de los humildes – no en balde es Padre de los pobres -. Solo Él puede humillar y exaltar, porque Él es creador de todo y todo está bajo su dominio. Y puesto que Él es Señor de todo lo creado, da vida a los muertos y la esperanza a los que no la tienen.

Adviento es un tiempo para comprender de forma definitiva que Dios, es Dios de salvación de los desamparados. La gloria Dios se manifiesta en el cambio de las diferencias que existen en la humanidad.

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