El restaurante
Enrique Obregón | enriqueobregon@yahoo.com
Algún motivo me obliga a dirigirme al restaurante que no me agrada
Abogado
Conozco un restaurante que no me gusta, aunque la comida sea francamente buena. Lo visito con frecuencia, pero no me gusta. Hay algo en el local, en la posición de las mesas, en el propietario y en un salonero que siempre está, al parecer, disgustado, que me incomoda. Cuando salgo, pienso que no debería volver, y, cuando regreso, me sorprende mi perseverancia en regresar.
Digo que la comida es buena, pero yo no voy a un restaurante por esa sola razón. La idea de salir a cenar tiene una ceremonia especial. Salir, con la esposa, con los hijos, con un buen amigo, reviste una serie de particularidades que lo preceden. Ya, con solo saber que se va a comer fuera de la casa, adquirimos una expresión de alegría, de que no vamos a dormirnos otra vez frente a la televisión y que ya no es necesario prepararnos un bocadillo rápidamente. La idea de salir abre una puerta a una posible y agradable sorpresa. Ir, para conversar, para hablar de temas fuera de la rutina del hogar o del trabajo; para disfrutar de una pequeña diversión y, desde luego, para comer, aunque esto último, quiza, no sea lo mas importante. Salir es casi un acto de liberación.
Sin embargo, algún motivo me obliga a dirigirme al restaurante que no me agrada, a ese lugar donde me disgusta el saludo forzoso del propietario, un cliente que no bebe vino despaciosamente, sino que se lo traga, y un salonero sofisticado que no armoniza y que me da la impresión de que me mira como rechazando mi presencia. No, el lugar no me gusta, pero regreso de vez en cuando.
El gato. Hoy, cuando volví, y en los minutos de espera para que me sirvieran, mientras mordisqueaba descuidadamente un trozo de pan, pensé en la razón por la que estaba allí de nuevo. De pronto recordé que en la primera ocasión en que lo visité –cuando aún no tenía actitud de rechazo por el lugar, por el propietario y ni siquiera por el salonero– un pequeño gato se deslizó cuidadosamente bajo todas las mesas sin que nadie notara su presencia y vino a echarse amistosamente a mis pies.
Creo que mi insistencia en visitar este restaurante la justifico por mi deseo de encontrarme otra vez con el gato que me llegó a saludar. A esa conclusión he llegado.
Pero lo curioso y paradójico de todo esto –pensé finalmente– es que a mí nunca me gustaron los gatos.
periódico La Nación 21 enero 2009.

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