¿Estado laico con valores religiosos?
Enrique Gomáriz
Politólogo
Agradezco la nueva respuesta de Diego Víquez en torno a mi reflexión sobre laicidad y derechos humanos, no solo porque creo que la plantea con altura suficiente, sino también porque, al hacerlo públicamente, permite quizás que ambos contribuyamos a un debate colectivo que me parece necesario.
Todo indica que partimos de un consenso sólido sobre la necesidad de un Estado laico. Por decirlo en sus propias palabras: “Ese adefesio de considerar ‘católico’ a un Estado es un lastre que ni a la misma Iglesia le cae bien”. Solo habría que agregar que tal vez los próximos candidatos se interesen por este tema en su programa electoral.
No obstante, nuestra discrepancia se mantiene en torno a si el Estado debe promover las religiones para fortalecer valores éticos. Don Diego apoya la respuesta positiva que da al respecto el presidente Sarkozy, al que, por cierto, considera “poco sospechoso de integrista y conservador” (de pasada, otra diferencia: yo creo que Sarkozy es un líder inteligente y creativo, pero políticamente conservador).
Sin salir de la laicidad. Mi criterio es que el Estado debe preocuparse por la promoción de valores, pero sin necesidad de salirse de la laicidad. Frente al tema religioso, el Estado no debe hacer otra cosa que proteger la libertad religiosa en el contexto de la libertad de conciencia. Pero el cuadro de valores básicos a impulsar debe ser laico, como lo es la Declaración Universal de Derechos Humanos, hoy en su sesenta aniversario. Ello independientemente de si esos valores laicos se nutren de fuentes religiosas o no.
En este punto, es interesante que Víquez se pregunte si el cristianismo podría estar en contradicción con los derechos humanos y, al responderse negativamente, me recuerda que “la prehistoria de los derechos humanos es absolutamente judeocristiana”. En primer lugar, yo nunca aludí a esa supuesta contradicción, pero sí estoy convencido de que es mal negocio ponerse muy “cristianocéntrico” para referirse a los derechos humanos y, en particular, a la Declaración Universal.
Creo que otros credos religiosos podrían sentirse molestos por ese absolutismo, tan característico de los cristianos; y que se le hace un flaco favor a la universalidad de la Declaración, si cada religión histórica reclama paternidades lejanas sobre ella.
Un problema de fondo es que Sarkozy coloca las cosas como si sólo los creyentes pudieran ser portadores de un cuadro moral, mientras eso difícilmente podría esperarse de los no creyentes. Algo que en el siglo XXI es cada vez menos presentable. Ello independientemente de si algunos no creyentes entran en ese juego, como ha sucedido con la campaña británica copiada recientemente en Barcelona. Me refiero a esa acción de colocar en varias líneas de buses el lema: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Es cierto que el hecho refleja bien el ascenso del movimiento no creyente en las últimas décadas. Pero también es cierto que ese lema es bastante ambiguo, si no desafortunado, precisamente porque le da la razón a Sarkozy: quien no es creyente, se dice, puede despreocuparse de molestas consideraciones morales.
Alguien podría contradecirme y argumentar que el lema no dice literalmente eso y que podría entenderse que disfrutar la vida incluye tener valores morales. Pero esa es una explicación adicional y los publicistas saben que un buen lema de campaña no necesita de explicaciones complementarias.
Asunto medular. La cuestión es que considero que este es un asunto medular para el desarrollo de una ética del siglo XXI. En primer lugar, porque el supuesto de Sarkozy no refleja la realidad actual: hay ya una considerable cantidad de creyentes que viven una doble moral y una alta proporción de no creyentes entre los defensores de los derechos humanos.
En segundo lugar, porque mi opinión es que, para enfrentar precisamente el relativismo y el fundamentalismo, los dos bloqueos éticos de nuestro tiempo, una clave reside ciertamente en agotar al fin la promesa de la modernidad: sustantivar los valores morales más allá de las confesiones religiosas, sobre todo desde la perspectiva del Estado laico.
periódico La Nación 23 enero 2009.

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