El Calufa desconocido
Personaje
No solo escritor Lector, melómano y aficionado a la caza fue Carlos Luis Fallas en la vida privada
Rosibel Morera Agüero | rosibelmorera@costarricense.cr
Mamá me lo presentó con timidez y sonrojo. Camisa blanca, traje café, sin corbata, el saco de corduroy, los zapatos sin cordón, impecables, el cabello negro peinado hacia atrás. Era enorme, pero no amenazante, se veía cálido, honrado y protector. En mis escasos once años de existencia, aparte de mi padre –yo tendría un año cuando mamá y él se divorciaron–, era el segundo novio que le conocía.
Valga decir que Zahyra Agüero no era mujer de novios ni de amores, a pesar de su indiscutible belleza. Era más bien mujer de inteligencias, enamorada de la palabra culta e incisiva. Calufa era, pues, el indicado; incluso se parecía a mi abuelo, José María, en lo fuerte, lo caballeroso y lo solidario, y en lo orgulloso de su hombría.
Cuando se casaron, Calufa vino a vivir con nosotros. Desde la casona de los Fallas trajo lo poco que le pertenecía: escritorio, colección de discos y biblioteca. Nuestra sala (esas impolutas habitaciones que sólo utilizaban las visitas) se transformó en su estudio, y nuestro comedor en sala-comedor. Un carpintero lo dividió con una armazón barnizada para poner adornos. Fallas cupo bien, como si nuestra modesta casa lo estuviera esperando.
La televisión en blanco y negro y de un solo canal no se volvió a encender. La voz de ambos, alternada, se escuchaba por horas, reclinados sobre la cama, leyendo los autores que Calufa seleccionaba para ella. Le hacía notar los recursos estilísticos, las imágenes bellas, la maestría descriptiva de Eça de Queiros, el terror filtrándose serpentinamente en La anaconda , de Horacio Quiroga.
Años después, yo misma me sorprendería, no por ellos, sino por Calufa, al observar la hermosa caligrafía de sus paisajes.
Mamita Yunai y Gentes y gentecillas transpiran vegetación, no sólo verdad humana. Nunca me atreví a interrumpir aquella mezcla de Eros y Logos que eran sus horas de reposo.
Legados. En cuanto a mí –una preadolescente llena de preguntas–, Carlos Luis me ofrecía libros suficientemente ateos como para equilibrar mi insobornable misticismo, y conversaciones de sobremesa que ponían al rojo mis convicciones religiosas. Como buenos comunistas, ambos eran ateos.
Por el contrario, en primer año de colegio (María Auxiliadora, por imposición de mis tías), yo planeaba una vida monjil al estilo de sor Juana Inés: rodeada de libros, propios y ajenos. Luego de tres años de angustias filosóficas, Calufa me convenció de pasarme al Castella.
Sin embargo, no sólo leí Así se templó el acero ; también me inició en la literatura simple y pura, y en la música clásica fácil al corazón: Grieg, Brahms, Gershwin, Chopin, Tchaikovski. A todo pulmón coreábamos los tres Madama Butterfly y Los gavilanes .
Hoy pienso que Calufa se parecía a Ernest Hemingway y al actor John Wayne por las cañas de pescar y por la carabina de caza que elogiaba, limpiaba y aceitaba con amor, colocada en partes sobre la mesa. En el garaje mandó construir un banco de carpintería, y su colección de herramientas era tema obligado con amigos y camaradas.
Cuando enfermó, mamá y él viajaron a Moscú, donde estuvieron varios meses. Al regreso, la muerte había sellado su rostro.
En la Clínica Bíblica firmó, en el protocolo de Manuel Mora y con Jaime Cerdas como testigo, la cesión a mamá –como pago por una deuda de gratitud y otra de dinero que no sé si era real o imaginaria– de los derechos de autor de sus libros. Fue su manera de asegurar su voluntad de protegerla.
Le gustaba cantar mientras mamá conducía hacia San José. Le lanzaba miradas cuando la letra decía algo especial. Una vez nos llevó de caza de noche. Aterrorizadas, sólo se veían los ojillos de los animales encandilados por la lámpara que llevaba en la frente. Otra vez fuimos de pesca. No pudo convencernos de meter las lombrices en el anzuelo, ni de la enorme belleza de los anzuelos artificiales, ni de repetir semejantes aventuras.
Su deseo insatisfecho: que el partido le diera unos meses sabáticos para contar la revolución del 48. Sus pasiones: la literatura y el partido. Su compromiso: la justicia social, que en su caso –leal a sus convicciones– encarnaba el Partido Comunista. Con su Poema a Calero (personaje de Mamita Yunai ), Pablo Neruda lo lanzó al mundo.
Hay nombres que saltan al mencionar países. Shakespeare, Wilde (Gran Bretaña), Asturias (Guatemala), Borges (Argentina), Darío (Nicaragua), Mistral, Neruda (Chile). Cuando pensamos en Costa Rica, en su lista de autores-icono inevitablemente surge Carlos Luis Fallas, CA-LU-FA.
En el centenario de su nacimiento (21 de enero de 2009), quise recordar públicamente al hombretón que asoma en mi memoria.
LA AUTORA HA PUBLICADO ‘LA PROYECCIÓN ESCÉNICA’ (ENSAYO), ‘TESTIGO INTERIOR’ (NOVELA), ‘LAS RESURRECCIONES Y REENCARNACIONES DE LÁZARO FUENTES’ (CUENTOS), ‘A PESAR DE MUJER (NOVELA) Y ‘YO SÓLO SÉ DECIRME A LOS AMANTES’ (POESÍA).
Suplemento Áncora. periódico La Nación 25 enero 2009.

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