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RESONOCO

03/02/2009 GMT 1

Germinal

marfuerte @ 02:04

Año III No. 99

Alfonso Chase
Carlos Luis Fallas (1909-1966) es uno de los escritores de más recia construcción en lo que fuera, y sigue siendo, el realismo naturalista costarricense, para darle la acertada inclusión que hicieron de él los críticos de su época. Su infancia y adolescencia, en un hogar proletario, le formaron en el conocimiento del pueblo costarricense, en sus raíces más profundas. Su militancia en las ideas de la clase obrera, el marxismo de su época y su inclusión en las actividades del Partido Comunista, desde sus inicios, le dieron una cultura política enraizada en la actividad misma de las transformaciones sociales y, como lector impenitente, formó en su mente una cultura vasta, de lector crítico en el aprecio por libros, ensayos, artículos o conversaciones con sectores populares, así como con el trabajo de su padre adoptivo, un obrero zapatero, que le puso en contacto con la vida misma en su labor diaria. Como el siempre tuvo la voluntad de expresarlo, su maestra en la creación literaria fue Carmen Lyra, que lo puso en contacto, a los 22 años, con los grandes creadores de la literatura francesa y rusa, de finales de siglo XIX. Y el resto de la historia. Los primeros esbozos literarios de Fallas fueron informes de sus labores en el activismo social de su partido, luego del que hizo sobre las elecciones en la lejana Talamanca, 1940, nació su trabajo como escritor: Mamita Yunai fue su resultado inicial como libro, y no como colección de artículos de periodismo. Siendo una persona de una sensibilidad excepcional, siguió escribiendo con maestría en la creación de caracteres, luego convertidos en personajes, la mayoría producidos por su convivio con obreros, barreteros, niños en su infancia, teniendo todos un toque autobiográfico notable y lleno de sus propias anécdotas. Su obra culmina con “Gentes y Gentecillas”, uno de los libros más hermosos de nuestra narrativa, más algunos otros opúsculos de menor intensidad literaria. Para los que seguimos siendo sus amigos, protegidos por el halo de su personalidad inolvidable, celebrar su primer centenario es obligación y mandato.

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• Carlos Luis Fallas
El diluvio
©Del texto: Rosibel Morera Agüero
© Fotografía: Archivo personal del compilador
Quince días de furioso temporal.
El valle se ahoga en una tristeza desesperante. El sol, la luna, las estrellas, todo se ha borrado del cielo, sombrío, gris oscuro en el día y de profunda negrura por las noches. Allá lejos, las montañas y los cerros emergen de cuando en cuando como negros fantasmas, para hundirse luego y esfumarse otra vez entre el espeso neblinaje.

Agua sucia y barro pegajoso. En los cafetales se forman inmensos pantanos oscuros y dormidos; la plazuela es un lago turbio que se extiende y se mete por debajo de las humildes casillas, por el carril de la línea baja un arroyo lodoso. Y los ríos, hinchados y revueltos, arrastran grandes palizadas y mugen amenazantes día y noche.

Llueve, Pasan silbando ráfagas de viento frío y cortante. Y cuando el trueno ronca sordamente en la oscura lejanía, el aguacero arrecia y golpea con furia los techos de zinc.

Se han paralizado todos los trabajos de la hacienda. Los hombres dormitan el día entero acurrucados en sus camastros, o se agrupan en los corredores, muy encogidos, envueltos en sus gangoches, y cobijas y conversan en voz baja; de vez en cuando algún viejo se arrima a la baranda, estira el pescuezo, husmea detenidamente el cielo y moviendo afligido la cabeza se acuclilla de nuevo junto a los demás.

-Hum, esto va pa largo, ¿saben? Y los ríos se van a botar ajuera… Carambas, y si la cosa tupe nos vamos a tener que comer hasta los perros.

-Ujum…
Y fuman o mascan tabaco.

Felipe aprovecha el temporal haciendo hermosos trabajos: ya terminó el famoso ramo de doña Rosita. Jacinto se entretiene contando cuentos, que arregla a su manera. Nunca le falta auditorio, y los sencillos vecinos se divierten oyendo sus grandes mentiras. Los muchachos se arrodajan en el corredor y pasan las horas pendientes de los labios de Jacinto que, acurrucado sobre un banco, arrollado hasta las orejas en su cobija colorada, va hilvanando sus fantasías, no sin hacer de vez en cuando a sus oyentes la misma advertencia.

-No me echen cuechas en el piso. Estiren un poco el pescuezo y escupan ajuera.

Y vuelve a su relato:
-¿Por ónde iba? Ah, si, güeno… Entonces Tatica Dios le dijo a su pariente: “Así que ya sabés, Nue: lloverá cuarenta mil días y cuarenta mil noches, contadas con la mano. Te hacés el Arca y te metés allí con sólo una pareja’e cada animal. ¡Cuidado con la cuenta…”! Y el Hombre Güeno y Justo contrató a todos los carpinteros de la vecindá y ‘hicieron un Arca‘e puro cedro amargo, que era como un barco grandisísimo, como todas estas casas juntas. Y ya comenzaron a llegar, una tras de la otra, todas las parejas de animales habidos y por haber: hormiguitas, caballos, tigres, leones, elefantes…
Desde el interior interrumpe Felipe, burlón:
-¿Cómo hicieron pa’ que entraran los elefantes, que dicen que son del tamaño de una montaña?
-Esos son cuentos –afirma Jacinto- Los elefantes coloraos, que son los más grandes y juertes, apenas serán del tamaño de un cerro. Y el Hombre Güeno escogió dos acabaos de nacer, tan chiquiticos que tenía que darles chupón, y esos apenas serían como dos casas de éstas, encajadas una encima‘e la otra.

-Yo que Nue hubiera dejao a los bichos malos por juera, pa que se ahogaran- apunta uno de los oyentes.

-¡Ahí sí que no! Esos jueron los primeros que entraron. El Hombre Güeno y Justo no podía matar a sus nigüitas, ni sus piojitos, ni sus pulguitas, ni sus alepaticos…
Ríe el auditorio y se rascan algunos como si estuvieran tirados en sus camastros soportando, como siempre, a los bichos que el Hombre Güeno y Justo se empeñó en salvar.

-… y ya estaban todos los animales reuníos y acomodaos. Pero, ora verán: resulta que Jue tenía una suegra que era un demonio, como casi todas. Era muy vieja y fea y se ponía muchos polvos y colorete pa taparse las arrugas, y usaba unos vestidos con más colores que un arcu‘iris. ¡Y qué lengua que se gastaba la suegrita! Cuentos, enredos y habladas desde por la mañana hasta que anochyecía que ya el pobre Nue estaba azurumbao. Y el Hombre Güeno y Justo, quería aprovechar la oportunidad pa quitársela de encima. Entonces se jue a consultar con Tatica Dios. Y el Señor, onde lo vio llegar al Cielo, se puso a reír y le preguntó: “Idiay, ¿qué andás haciendo por aquí? ¿Ya tenés todos listo, como te lo dejé ordenao?” “Si, señor”, contestó Nue, “pero hay una cosa: yo podré estar encerrao los cuarenta mil días y las cuarenta mil noches con los tigres y los liones y las culebras; eso está bien. Pero lo que es con mi suegra no me encierro ni una semana. ¡eso si que no! Y alguna consideración le debe tener usté a su pariente, que está viejo y muy enfermo”- ”¿Y qué querés?” le preguntó el Señor. “Pos, que se la traiga pa acá de una vez”, dijo él. “¡Ave María Purísima!”, dijo el Señor, muy asustao; “¡Eso si que no te lo concedo, Nue! Yo tengo aquí cien mil vírgenes que están aguardando apenas que les toquen la lengua un poquito. ¡Dios guarde!, ¿si me las alborota esa vieja ónde me meto yo?” “Pos, mandémola entonces pal infierno”, dijo Nue. “Tampoco”, contestó el Señor; “vos sabés que aquél es enemigo mío, y no quiero que mañana, vaya a decir que yo me ando desquitando con cochinadas”, Y como el Hombre Güeno se puso muy afligido, el Señor después de pensar un rato, le dijo: “Andá vete tranquilo, que ya todo está arreglado. Y corré, porque ya voy echar el agua”. Y cuando Noe llegó al Arca, se encontró allí con un pajarraco muy raro; tenía plumas de todos colores, la cara arrugada y blanca, una lengua negra y gruesota, y estaba haciendo gran escándalo y peliando con las gallinas y con todos los animales. “Esta no es otra que mi suegra”, se pensó Nue. Y cogió el tal pajarraco, lo metió en una jaula de alambre y lo puso en el último rincón. Así jue como resultaron los papagallos, que no se conocían antes del Diluvio.

“Y entonces comenzó a llover y llover, mucho más juerte que ora. Y el agua comenzó a subir y subir, y el Arca también. Y el Hombre Güeno se puso muy triste y se pasaba arrecostao a la ventana, viendo la lluvia y mascando su cuecha. Vinieron entonces los elefantes que se habían quedao por juera, le dieron grandes cabezazos al Arca y le dijeron: “ Nos dejás entrar a nosotros también o te aplastamos el Arca” Y él les dijo: “No. Es orden de mi pariente‘e que sólo una pareja deje entrar”. Y todos los elefantes dijieron: “Que se haa su Santa Voluntá”, y se juegon y se ‘ hogaron. Llegaron después las hormiguitas y se pusieron a rogale: “Señor Nue, que nosotras somos muy chiquiticas y que en cualquier rinconcito nos acomodamos”. “No. Es orden de mi pariente‘e que sólo una parejita deje entrar”. “Que se haga su Santa Voluntá”, dijeron las hormigas y se jueron y se‘hogaron. Y lo mismo pasó con todos los animales. Después llegaron los hombres y mandaron el abogao, con gran bombín y todo, y él llegó a la ventana con muchos libros y leyes haciendo grandes alegatos y enredos. Pero Nue le dijo: “No. Por orden de mi pariente sólo yo me puedo salvar”. El abogao se puso muy bravo y dijo que esas preferencias estaban contra la ley y que él iba a poner gran pleito ante la Corte Celestial; y eso mismo aconsejó a los hombres. Pero éstos dijeron: “No. Que se haga la Santa Voluntá del Señor”. Y también se jueron y se‘hogaron todos.

“De último llegaron las mujeres y se acercaron a la ventana con muchas mañas y haciéndole ojitos al viejo. “¿Verdá, corazón, que vos tenés tu rinconcito pa tu negrita que te quiere tanto?”, y le jalaban el bigote y le hacían cosquillas en las orejas. Pero Nue era gallo-muy jugao y les dijo: “No, Con una mujer tengo y me sobra; y ojalá se juera con ustedes y se‘hogara también”. Entonces las mujeres se pusieron furiosas y comenzaron a llorar y hablar, y hablar y más hablar. Y pasaban los días y llovía y más llovía y el Arca iba subiendo, y ellas pegadas a la ventana, dele que dele con su lloradera y habladera, hasta que el pobre Nue se puso como loco y salió corriendo pa onde su pariente. El Señor, onde lo vió llegar, le preguntó: “¿Qué es lo que andás buscando por aquí?” “Nada”, dijo el hombre Güeno; “es que vengo a que me quite esas viejas de encima, no es tanto lo que lloran como lo que joden con su habladerea. Yo ya no las soporto”. “¿Y qué querés que haga yo? Ya sabés que a mí no me gusta meteme en esas vainas”, dijo el Señor muy disgustao. “Pos, usté se las trae pa acá y las acomoda por ahí, en algún rincón”. El Señor, al oír eso, se puso que echaba fuego‘epuro bravo; “¿Qué‘s lo que estás diciendo? ¡Eso nunca lo haré yo! ¡Aquí no quiero quebraderos de cabeza!” “Caramba, qué vaina”, dijo Nue muy afligío, “pos, mandémolas más que sea pal infierno” Y el Señor dijo: “Tampoco. No quiero qué aquel diga que yo me aprovechyo pa echarla la basura”. Y como el Hombre Güeno se puso muy triste, el Señor, después de pensarlo un ratico, le dijo: “Andá vete tranquilo, que ya todo está arreglao, Y no me vengás más aquí con tus jodederas, porque tenés que saber que yo estoy muy ocupao…”

Revista Abanico. periódico La Prensa Libre 24 enero 2009.

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