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RESONOCO

04/02/2009 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 01:35

Historias familiares
Fragmento de ‘El amante imperfecto’, ganadora del Premio de novela ‘La otra orilla’ 2008.
1

A Guillermo las mujeres le daban un poco de pena; le parecían muy vulnerables en su búsqueda de amor. Este sentimiento se le agudizaba en las fiestas; lo conmovía observarlas en sus momentos de brillo, cuando circulaban con soltura entre los hombres, con las espaldas desnudas asomando de sus vestidos y sonriendo confiadas.

Helenita Vega lo invitó a su fiesta de quince. Iban al mismo colegio, él cursaba quinto año, y Helenita, tercero. Guillermo la había preparado para rendir el examen de matemáticas de marzo, y, desde entonces, tenía intenciones de conquistarla. Con el monto exacto que los padres de Helenita le pagaron por las clases, Guillermo le compró una orquídea. Transformó ese dinero en una flor; le fascinaba la idea de efectuar operaciones sin resto.

Cuando criaba peces tropicales, Guillermo contemplaba con asombro cómo, luego del parto, las hembras perseguían a sus hijos recién nacidos para comérselos. Intentaban volver a incorporar lo expulsado, como si se tratara de un simple circuito de la materia. Algunos alevines escapaban de sus madres y por azar no se convertían en alimento.

Más allá de su afición por estos juegos con números redondos, regalarle una orquídea había sido una ocurrencia de la madre de Guillermo. Al tonto de los sentimientos de su hijo hacia Helenita, le había recomendado “un regalo romántico, algo que nunca te va a fallar”. Guillermo protestó, le parecía un gesto anticuado, pero ella insistió y, ya fuera porque confiaba en el saber de su madre acerca del corazón femenino o simplemente porque era un hijo obediente, Guillermo decidió enfrentar su miedo al ridículo.

Helenita desgarró el papel de seda del envoltorio y se quedó mirando la flor con perplejidad; ninguno de sus amigos regalaba orquídeas. Ocultar su decepción le costó un esfuerzo adicional: en esa época de su vida, a Helenita las flores no le interesaban. No comprendía por qué al resto de las mujeres las emocionaban tanto. Esta apatía la preocupaba; temía que fuera un signo de frialdad para el amor; escondía el asunto con cuidado, consciente de que se trataba de un rasgo impropio en una mujer. Se sentía como si careciera de una fe religiosa. La orquídea en su caja de celuloide le provocaba, a lo sumo, cierto respeto por su precio; también le despertaba reminiscencias de opulencia fúnebre, como si la caja fuera un ataúd transparente.

Mientras Helenita se demoraba en examinar la orquídea, a Guillermo lo devoraba el suspenso. “¡Qué linda!”, dijo al fin su amada, con un entusiasmo burocrático que solo cumplía con su custodiada educación.

La madre de Helenita, que se había acercado a la puerta a saludar a Guillermo, captó el desplante de su hija e intentó disimularlo. Elogió la flor con vehemencia y llamó a su marido para decirle con un tono rezongón que todavía quedaban hombres que sabían como tratar a una dama. Guillermo se ruborizó. [...]

Suplemento Áncora. priódico La Nación 25 enero 2009.

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