Columna CON LA GENTE
LA RENOVACIÓN DE UNA PROMESA
Dr. Oscar Arias Sánchez
Presidente de la República
Hace veinte años, cuando inauguramos La Plaza de la Democracia en conmemoración del centenario de la democracia costarricense, pronuncié emocionado las siguientes palabras: “queda aquí, en esta plaza, construida en homenaje a la libertad y la democracia de América, el alma de cien años de hombres libres”.
Las naciones, como sus habitantes, tienen alma. Y el alma de Costa Rica es la lucha por la paz. Es el poder del diálogo. Es el espíritu de la concordia, la unión y el entendimiento entre las naciones. El alma de Costa Rica es la lucha por la libertad. Es el peso de la voluntad humana. Es la fuerza de la determinación, el arrojo y la valentía de los pueblos independientes. El alma de Costa Rica es la lucha por la democracia. Es la voz de la inclusión que acalla el grito del fanatismo. Es la práctica de la tolerancia, el pluralismo y el respeto en la sociedad.
No en todas las partes del territorio nacional encuentra el alma su morada. El cuerpo de Costa Rica, que no es más que un conjunto de accidentes de la geografía, se funde con el alma sólo en ciertos parques y edificios, en ciertos monumentos y estatuas. Ahí, como nexo inexplicable entre lo visible y lo invisible, entre lo material y lo ideal, encuentra nuestro pueblo los símbolos de su identidad. La Plaza de la Democracia es uno de esos símbolos, uno de esos cálices donde confluyen el cuerpo y el alma de Costa Rica. En ella respira nuestra fe en un futuro mejor para nuestra especie, un futuro en donde la guerra, la opresión y la discriminación dejen de dictar páginas horrendas en la crónica humana; un futuro en donde sea la paz, la libertad y la democracia las que escriban una nueva historia.
Hoy que mueren nuestros hermanos en Gaza, en Darfur y en Myanmar; en Colombia, en Sri Lanka y en Iraq. Hoy que tantos seres humanos padecen prisión injusta, tortura o persecución, la renovación de la Plaza de la Democracia sirve como renovación de una promesa. Nos sirve para recordar que vivimos en una democracia pacífica y centenaria, en un país sin ejército, en un Estado de Derecho, pero hay muchos otros que no disfrutan de igual privilegio.
Somos como vigías de una fortaleza, como esos soldados que hace ya muchas décadas miraban por los agujeros de las torres del Cuartel Bellavista. Nos protegen las sabias decisiones que tomamos en nuestro pasado, y nos resguardan de todo tipo de ataques. Pero desde aquí podemos ver a otros pueblos que, a su vez, nos miran, y nos piden que alcemos la voz por ellos. A esos pueblos les decimos que no los hemos olvidado, y que el alma de Costa Rica estará siempre con quienes comparten sus luchas y sus esperanzas.
Aún en medio de la tragedia nacional que atraviesa nuestro país, por causa del Terremoto de Poás, es bueno recordar que el espíritu costarricense no conoce fronteras, no se limita a un acontecimiento determinado o a un evento histórico preciso. Se derrama por el mundo como un torrente de vida, y asume luchas que algunos califican de utopías. Este pueblo maravilloso no habla en vano al pregonar la paz, la libertad y la democracia. Las obras como la Plaza de la Democracia lo demuestran. Parafraseando un verso de Antonio Machado, podemos decir que los yunques y crisoles de nuestra alma, no trabajan para el polvo y para el viento, sino para construir, cada día, un mundo más acorde a nuestros sueños.
Diario Extra 26 de enero 2008.

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