Centenario del indomable
Escrito por Manuel Bermúdez, Editor de Forja
Cuando estaba en primer grado en la escuela Mauro Fernández, en San José, a donde lo había mandado su madre, ya dio su primera muestra de una rebeldía indómita. Una maestra, la niña Sofía Pochet, trató de pegarle y “con una regla que yo le había robado a mi tío, para andar jugando de grande, me subí al pupitre y le pegué en la oreja”.
Por eso tuvieron que regresarlo a Alajuela donde hizo los primeros años con la niña Isolina Herrera. Luego tuvo que repetir en cuarto grado en el Porfirio Brenes.
Entonces se comió unas higuerillas para enfermarse y no tener que terminar el curso, pasaje que cuenta en su novela Marcos Ramírez.
El mundo era ancho, pero no ajeno para aquel muchachillo que parecía que quería comérselo todo. Entrador, conversaba con cualquiera y no le arrugaba la cara al trabajo. Lo que sí lo encendía era la necesidad de libertad y su intolerancia a la injusticia.
Se metió a aprendiz de varios oficios, pero luego fue a buscar mejor fortuna en la zona Atlántica, lo que marcaría el resto de su vida y especialmente su obra literaria.
Calufa y los intelectuales comunistas
¿Por qué los comunistas eran gente vinculada al arte y la cultura? ¿Por qué algunos de los más grandes escritores que tiene la historia de Costa Rica fueron comunistas o simpatizaban con esa causa, ese partido o esa ideología? No se necesita quemarse mucho el coco ni andar revolcando bibliotecas para comprenderlo.
Especialmente durante la primera mitad del siglo pasado algunas de las personas más comprometidas con las causas justas y la búsqueda de una mejor sociedad abrigaron los ideales comunistas, socialistas o revolucionarios. Fue un proceso natural que personas particularmente sensibles como son los artistas respondieran a los desmanes de una sociedad deshumanizada que aplaudía a quienes formaban capitales a costa de explotar a otros seres humanos, ya sea poniendo en entredicho su misma condición humana o escamoteando sus opresiones tras supuestas cruzadas civilizatorias.
A finales del siglo XIX en Europa, algunos de los escritores más importantes clamaban por una sociedad más justa y señalaban las barbaridades que el proceso de la sociedad industrial dejaba caer sobre las espaldas de la clase trabajadora.
Las novelas realistas volcaron su interés por las condiciones del ser humano en la sociedad moderna y el resultado no esperó. El francés Emile Zolá consideraba que la literatura debía estar comprometida y el escritor al servicio de una sociedad más justa.
Al iniciar el siglo XX, el mensaje de Zolá había calado en jóvenes autores a uno y otro lado del Atlántico. El desarrollo de la prensa en Estados Unidos también despertó a escritores y periodistas como John Reed y sus famosas obras México Insurgente y Los diez días que estremecieron al mundo. En Latinoamérica autores como el venezolano Rómulo Gallegos con su novela Doña Bárbara denunciaba los contubernios de una clase explotadora y terrateniente con las transnacionales estadounidenses, mientras el colombiano José Eustacio Rivera, con La vorágine, contaba las crueles condiciones de los trabajadores en la explotación del caucho.
Muchos de los que abrazaban las causas sociales a favor de las mayorías explotadas se sintieron convocados por aquella llamada del Manifiesto Comunista. La clase trabajadora era una sola y era planetaria, sin distingos de cultura o país.
Los países latinoamericanos, la mayoría sociedades preindustriales, de explotación extractiva de materias primas, padecían de sociedades campesinas terriblemente explotadas y miserables. El tema agrario surgió en la novela latinoamericana como una necesidad histórica.
En Costa Rica, un joven de 19 años, apenas bachiller, dotado de gran habilidad literaria e impresionado por autores como Zolá escribió tres novelas que pusieron al país en la corriente novelística del continente: El moto, Hijas del Campo y Abnegación. Las tres eran obras sociales donde se denunciaba la injusticia y las diferencias de clase. El autor se llamaba Joaquín García Monge, quien luego viajó a Chile donde se formó como educador. Apenas 7 años menor, en el Colegio de Señoritas se encontró con una adolescente llena de brillos e inquietudes, la que sería otra importante escritora y educadora costarricense: María Isabel Carvajal, quien usó el seudónimo de Carmen Lyra. Ella y otras figuras, como la también escritora y educadora Luisa González, fundaron años más adelante la Asociación Revolucionaria de Cultura Obrera. Y con el gremio de ebanistas y carpinteros también la Universidad Popular.
El interés de de una clase trabajadora que leyera era muy grande. Los gremios de obreros y trabajadores en general contaban con periódicos y talleres donde escuchaban conferencias acerca de temas que les competían directamente.
Los intelectuales lograron transmitir a los obreros que en el estudio y la lectura tenían una vía de liberación y mejorar sus condiciones.
No es de extrañar que las vocaciones literarias de algunos trabajadores prendieran en aquel ambiente de organización de lucha mezclado con lecturas y discusión política.
Uno de ellos fue precisamente aquel muchacho de Alajuela. Inquieto, había abandonado los estudios de secundaria obligado por la necesidad y se había empleado en las más diversas labores como aprendiz en los ferrocarriles al Pacífico, en San José. Como muchos otros, en medio de muy duras condiciones económicas en el Valle Central, supo que en Limón había más posibilidades de trabajo. Para allá marchó a emplearse en lo que se pudiera con su mediana fuerza física de muchacho adolescente, su astucia y su valentía. Fue cargador en los muelles y obrero en la bananera donde conoció y padeció, como miles de trabajadores, las condiciones infrahumanas que engrosaban las finanzas de la United Fruit Company.
Las diferencias sociales en las dos primeras décadas del siglo pasado en Costa Rica eran muy marcadas y el descontento en la clase trabajadora era creciente.
Fallas tuvo que regresar a su natal Alajuela porque su madre agonizaba. Así se vinculó a uno de sus primeros oficios aprendidos, la zapatería, para ayudar a sostener a sus seis hermanas. Pero la plata no alcanzaba y se volvió a ocupar en un tajo, en Alajuela, como barretero.
“Cuando estaba trabajando ahí, un domingo me tropecé en el parque de Alajuela con Claudio Alvarado, que había sido compañero mío de colegio, aunque él era mayor, porque se había hecho barbero y luego había vuelto a terminar la secundaria ya grande y luego siguió en la Escuela de Derecho. Claudio me dijo: Mirá, ¿no has oído hablar vos de comunismo? Para mí era una palabra desconocida, como seguramente lo era para la gran mayoría de los trabajadores costarricenses. Yo había leído mucho, pero nunca me había tropezado con un libro que hablara de esas cosas. Entonces me trajo el Manifiesto Comunista. Me fui para la casa y esa noche me puse a leerlo. Y esa noche cambió mi vida completamente. Ese libro fue una revelación.”
Aunque era aficionado a la lectura, especialmente de los libros de historia, la vinculación de sus experiencias de vida en la bananera y lo que leyó esa noche le resultó muy clara.
Así se vinculó con un grupo en Alajuela que sería el comité de esa provincia del Partido Comunista de Costa Rica y fue nombrado secretario de actas. En esa función tenía que escribir informes que luego le corregían en San José y él veía esas correcciones y fue aprendiendo.
“Obligado por el partido aprendí a escribir y medió una nueva moral que no me ha fallado nunca, ni en los momentos más difíciles de la vida. Una moral que me llevó a oponerme al fusilamiento de los prisioneros, a tener una vida limpia, honesta. El partido ha sido para mí una escuela, una universidad donde me gradué de hombre y de ciudadano.”
Rápidamente destacó en la que sería su mayor vocación, la de revolucionario. Luchó por los derechos de los trabajadores, enfrentó la represión y en 1933 fue sentenciado a destierro a 50 kilómetros de San José y de Alajuela, él escogió la zona Atlántica.
Fallas juntó a su sagacidad el conocimiento que ya tenía de la organización de los trabajadores y con el liderazgo del partido y su entrañable amigo y líder Manuel Mora Valverde encabezó la gran huelga bananera de 1934.
Como líder comunista, Carlos Luis Fallas cumplía con una de las labores esenciales en su función, escribía en las publicaciones de los trabajadores. Él conocía muy bien las necesidades y la importancia de esas lecturas para los obreros y campesinos.
A su gran capacidad de observación, su personalidad dicharachera muy propia del alajuelense nato, su mentalidad soñadora se unió la convicción de la literatura como instrumento para educar y buscar la justicia social.
Fallas tenía facilidad de palabra, habilidad para contar historias y guardaba en su memoria hasta los mínimos detalles de imágenes y pasajes que había visto en la vida obrera y campesina. Esas características se dejaban ver en los informes que escribía y en sus crónicas y artículos en los periódicos del partido.
Así fue como, de los informes sobre el proceso electoral en Talamanca en 1940 y de sus recuerdos de los años de trabajador en la bananera, surgió el germen de su primera novela.
Había muchas cosas para contar, momentos y personajes, condiciones de explotación por dar a conocer, rasgos de la vida humana que merecían contarse. Fallas lo reunió todo, modeló algunos personajes y armó Mamita Yunai.
Aunque la novela se publicó sin pena ni gloria en 1941, mientras todos, incluso el mismo Fallas estaban más ocupados y preocupados por su trabajo político, él mismo fue electo regidor municipal, lo cierto es que ahí nacía una obra fundamental en la historia literaria costarricense y latinoamericana, y salía a la luz uno de los más importantes novelistas del país.
El valor literario
Las novelas y cuentos de Carlos Luis Fallas muestran un claro desarrollo y la consolidación de un escritor, pero desde el inicio su vena literaria es incuestionable.
El manejo del humor, las fieles y cautivantes descripciones, los personajes, las escenas, el desarrollo narrativo, son definitivamente las de un buen contador de historias.
El estilo eficaz evidencia la franqueza del autor y su profundo sentido humano, pero también la sensibilidad poética de su pluma.
Al retomar las voces populares de sus personajes no lo hace desde el intelectual que rescata la tradición, sino desde la proximidad y el honesto compromiso de quien nunca dejó de ver el valor poético que tenía ese decir.
El problema que nos presenta a los lectores es que siempre le pedimos más. Su obra parece un abrebocas queremos más de ese mundo y esa forma narrativa. Su obra es claramente autobiográfica: Marcos Ramírez (1952), basada en su niñez, Mi madrina (1954) en su adolescencia, Gentes y Gentecillas (1947) se temprana adultez de trabajador campesino y Mamita Yunai (1941) su etapa madura como activista político.
La persecución política de que fue objeto junto con sus otros camaradas comunistas después de la guerra civil de 1948 y precarias condiciones de salud producto de las enfermedades que padeció en su vida como trabajador campesino, acortaron su tiempo de vida.
Carlos Luis Fallas, novelista mayor costarricense murió apenas a los 57 años de edad el 7 mayo de 1966.
Fue diputado en 1944 y siempre consideró la literatura con una función social.
En 1962 obtuvo el Premio Iberoamericano de la Fundación William Faulkner de EEUU por su obra Mamita Yunai, y en 1964 el Premio Nacional de Cultura Magón y Benemérito de la Patria en 1977.
Suplemento Forja. Semanario Universidad enero 2009.

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