Un ciprés al atardecer
Personaje
Maestro, siempre Un discípulo y amigo recuerda a Isaac Felipe Azofeifa, cuyo centenario será el 11 de abril
Carlos Francisco Monge | cfmonge@hotmail.com
Charlas en la terraza. Fueron las palabras de un canto liceísta las que me dieron el nombre del poeta, su autor. Aquellos versos hablaban de unir las manos como unir las voces; así aprendimos de la propia juventud una lección de vida. Su nombre, extenso y cacofónico, no parecía el de un poeta: Isaac Felipe Azofeifa. ¿Por qué no firmaba como Eugenio Doncel, Juan de la Encina o Salvador Prados? Preguntas inútiles; durante un lustro, todas las mañanas se entonó aquel himno en la plaza central del Liceo y se vivieron los mejores días de la adolescencia.
Sus nombres o apariencias no hablan con certeza de los poetas. Azofeifa era un hombre pulcro, profesoral. Correcto y sobrio en público, cortés y de buen talante en el trato privado. De sus gafas de astigmático partía una mirada exploradora, atenta a las circunstancias y discreta observadora del alma de su interlocutor. En las pocas ocasiones en que el joven visitante llegó a su pequeña oficina, situada en la terraza de la Facultad, halló a un hombre ante su máquina de escribir, rodeado de libros y de un hervidero de ideas, buscando la palabra precisa para sus gacetillas y, más secretamente, para sus poemas.
La impresión inicial era la de estar ante un profesor de letras, buen conocedor de temas, de autores y de períodos; pero impresión nada más, porque con él se podía charlar sobre cualquier asunto: la última manifestación estudiantil, las novedades literarias, los exabruptos de algún dirigente de la derecha criolla o la imposible melancolía de los cipreses al atardecer. Solo mucho después iba apareciendo su verdadero personaje, el poeta. Con cierto agrado primero y con más entusiasmo después, evocaba a otros escritores, sus amistades, sus viajes. Era habitual que tocara los deberes del poeta; el principal: solo escribir cuando fuese necesario.
Al hablar de su poesía, era contenido y lo hacía racionando los datos; casi como un informe de labores. Si comentaba el significado de sus libros, no le faltaba decisión, pero conocía muy bien la diferencia entre la seguridad y la arrogancia. Como hijos de su imaginación y de su trabajo, a cada uno le guardaba una especie de afecto intelectual, persuadido tal vez de que cumple un deber, no siempre un deseo, quien de veras escribe. Sí, en alguna ocasión extrajo de la biblioteca uno de los suyos; lo acarició, lo abrió en cualquier página y durante unos segundos leyó, con una leve sonrisa: “Es el libro que más quiero”, le admitió al visitante. Los otros eran poemas civiles, de la patria y su historia, de las estaciones; éstos eran poemas de amor, escritos con la mano aún cálida por las caricias y los resplandores de la pasión.
Poemas deambulatorios. Los años, los libros y las columnas periodísticas fueron sumándose a la existencia del poeta, que llegó a convertirse para muchos en una suerte de patriarca generacional. Tal vez ya por sus años, no era de tertulias bohemias, aunque de buena gana aceptaba charlar durante sus descansos, con amigos y colegas, en la cafetería cercana, más de lo humano que de lo divino. De sus mejores lecciones –de escritor, que no de pedagogo– fue su insistencia en leer de todo, con avidez o sin ella: de Hesíodo a Neruda, del Arcipreste de Hita a Valle-Inclán, de Walt Whitman al Eclesiastés. Si bien atento y generoso con las novedades del momento, sabía desconfiar de las modas y de los últimos éxitos editoriales. Sin embargo, los encuentros aquellos se fueron espaciando cada vez más. El joven visitante se dedicó a lo suyo, a ganarse el jornal también en las aulas, a pergeñar poemas y a sus deberes civiles. El poeta mayor reafirmó su voz audaz e independiente. Para escándalo de muchos, se distanció del partido político que había ayudado a fundar treinta años antes; formó otros grupos, charló, conferenció y siguió escribiendo.
Durante varios años me pregunté por qué no había incluido varios poemas suyos –publicados en revistas– en sus libros. Nunca fue claro en sus respuestas; quizá el esmero, quizá la unidad, quizá la pertinencia; no se sabrá. Llegó el día en que le propuse reunir toda su obra poética, incluidos aquellos versos deambulatorios. Una vez más, su mirada adoptó el brillo escrutador, como descifrando, como adivinando intenciones. Entre un tal vez aquí, un veremos allá, varias cartas y llamadas telefónicas a la casa editorial, vimos un día su obra junta, con autopresentación del poeta y un pequeño estudio literario de parte del recopilador, con todo y poemas sueltos. Con cierto disgusto, alguien llegó a decir que era un modo de pensionar al poeta, pero no duró mucho el zipizape y el volumen acabó editándose.
El canto y el café . Los recuerdos del estudiante ahora se mezclan con los primeros fardos del tiempo. Un día ocurrió lo inesperado: Azofeifa había escrito más poemas, en la relativa tranquilidad de la jubilación. Tenía listo un nuevo libro, le sobraban las ofertas editoriales y su prestigio de intelectual octogenario brillaba intacto. Me invitó a su casa y, cuando catábamos los primeros sorbos del café, me pidió que redactase un prólogo a sus poemas, que serían los últimos. Apenas pude controlar el temblor en las manos. Lo escribí con mil dudas y temores; me vi como el pintor novato a quien le han pedido a retocar algún célebre lienzo. Unas semanas después se lo leí y lo aceptó.
No sé si de amistad, de admiración o de respeto, mi relación de treinta años con el poeta Azofeifa fue una verdadera pedagogía. El canto liceísta de la juventud hoy se confunde con los poemas graves de sus años finales.
El visitante ha vuelto a su oficina, silenciosa y vacía; aún puede oír el repiqueteo de la máquina de escribir, la palabra cordial y el consejo de solo hacer poemas cuando no hay más opción.
´Suplemento Áncora. periódico LA Nación 1 febrero 2009.

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