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RESONOCO

17/02/2009 GMT 1

Obama silba la melodí­a, él escribe la partitura final

marfuerte @ 02:40

Jon Favreau tiene un trabajo fabuloso: lee la mente del presidente de Estados Unidos y hace de sus sueños discursos.

La voz de la esperanza. Barack Hussein Obama podrí­a hacer del mundo un mejor lugar para vivir. Desde el 20 de enero pasado, la historia se escribe con sus trazos.

Inti Picado Ovares
ipicado@vueltaenu.co.crEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla
Aquella habí­a sido la noche de un dí­a difí­cil, pero cuál no lo fue en los últimos 18 meses. Desde que comenzó la carrera por la nominación demócrata hasta ese histórico momento en que Barack Hussein Obama juraba como el 44° presidente de Estados Unidos, Jon Favreau no se iba a la cama antes de las tres de la madrugada. Su trabajo no es simple, aunque fuera simple decir lo que hace: él escribe los discursos de Obama. Jon Favreau tiene 27 años.
Un largo sendero
Su camino juntos comenzó años atrás, justo el dí­a en que Obama eclipsara a todos los presentes en Denver durante su alocución ante la convención demócrata de 2004, cuando John Kerry iniciaba lo que se creí­a serí­a un camino seguro a la Casa Blanca.
Esa noche, mientras Obama practicaba a media voz su discurso, Jon se le acercarí­a y le harí­a una sugerencia. “Esa lí­nea es redundante”, le dijo, mientras el joven senador por Illinois lo miraba fijamente a los ojos. Favreau tení­a apenas 23 años, y hací­a sólo cuatro meses se habí­a graduado en ciencias polí­ticas del College of the Holy Cross en Worcester, Massachussets. La osadí­a tuvo su premio, y aunque Obama no suprimió la lí­nea de su discurso, sí­ guardó en su memoria la cara de aquel joven que con el paso de los años se convertirí­a en el traductor de su mente.

Cuatro años después
Es el 5 de enero de 2008, y Barack Obama acaba de vencer a Hillary Clinton en las primarias de Iowa.
“Dijeron que este dí­a no llegarí­a nunca. Dijeron que nuestras expectativas eran demasiado elevadas. Dijeron que este paí­s estaba demasiado dividido, demasiado desilusionado para unirse en torno a un propósito común”, decí­a Obama.
A pocos metros de ahí­, con su infaltable bebida energética a mano, Jon Favreau seguí­a atentamente el discurso de su jefe. Lo conoce de memoria, él mismo lo habí­a escrito.

La candidatura demócrata
“Hace cuatro años me presenté y les conté mi historia, de la breve unión de un joven de Kenia y una joven de Kansas que no tení­an muchos recursos, pero compartí­an la creencia de que en EE.UU. su hijo podrí­a lograr lo que se propusiera”, decí­a Obama el dí­a en que su partido lo investí­a como contendiente a la Casa Blanca. El lápiz de Jon Favreau está afilado. Con cada nuevo discurso, las palabras de Obama se iban adhiriendo a la memoria de una nación sedienta de cambio.
Chicago, noche de la victoria
“Si todaví­a queda alguien por ahí­ que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todaví­a se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todaví­a cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta”.
Con esas palabras, Obama proclamaba su victoria. Horas antes, Jon Favreau le habí­a entregado en sus propias manos dos discursos. Uno, el que dio aquella noche ante el mundo; el otro, el que habí­a sido escrito en caso de que su jefe perdiera las elecciones.

Un enero que cambiarí­a al mundo
Los ecos de Lincoln, Roosevelt y Kennedy resuenan en el primer discurso oficial de Obama como presidente. “Este es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que los hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso lugar y por lo que un hombre a cuyo padre no hace ni 60 años no le habrí­an atendido en un restaurante local, puede estar hoy aquí­, ante ustedes, y prestar el juramento más sagrado”, decí­a Obama en su investidura.
A unos pasos de ahí­, confundido entre los miles que se acercaron a observar cómo se construye la historia, Jon Favreau escucha las palabras que ayudó a escribir a lo largo de dos meses y cuyo borrador manchado de café aún guarda en algún rincón de su apartamento. Esa noche tampoco dormirá, como en las largas noches de esta aventura, y en su apartamente lo espera la consola de videojuegos que hace meses no toca. Obama -y sus palabras- ya echaron a andar la historia de un mundo nuevo.

Confundido entre la multitud, Jon Favreau, de 27 años, escucha las palabras que ayudó a escribir.
Los ecos de Lincoln, Roosevelt y Kennedy resuenan en el primer discurso presidencial de Obama.

periódico Vuelta en U 2 febrero 2009.

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