Por un apéndice
María Elena Jiménez
mjimenez@prensalibre.co.cr
Nunca imaginé desear tanto un vaso con té de manzanilla, mucho menos viendo que éste estaba en un vaso plástico. Pero así fue, la vida no sólo te da lecciones cuando te caes y te sientas a reflexionar sobre el golpe, sino cuando reconoces que eres una vela encendida que en cualquier momento se apaga.
El vaso con manzanilla lo pusieron en la mesa al lado de mi cama y yo me preguntaba ¿será para mí?, ¿me lo podré tomar? Mi garganta anhelaba un sorbo de esa bebida que tanto usamos las mujeres cuando estamos en esos días que marcamos en el calendario cada mes.
Ahí estuvo el vaso por minutos, no sé cuántos pero se me hicieron eternos, hasta que una enfermera me dijo: “mamita, tómese esa manzanilla” y extendí la mano desde mi cama pero no la alcanzaba, no podía moverme con facilidad. Llegué a creer, tras varios intentos, que no iba a poder tomarme el sorbito de manzanilla.
•••
Desde el sábado en la mañana quería beber algo, pero los médicos, desde la primera revisión, me advirtieron que, de cara a las sospechas, no comiera ni bebiera nada.
Anduve de consultorio en consultorio por más de ocho horas. Cada doctor descartaba un diagnóstico y apuntaba al apéndice. El abdomen lo hundían y a propósito lo soltaban. Aquello era doloroso.
Mi apéndice no me había dejado dormir desde el jueves en la madrugada. Esa pequeña porción de mí me había hecho rabiar del dolor. Y yo sólo me decía: “no puede ser”.
A las cuatro de la tarde, el último médico de la saga me sentenciaba: “Firme estos papeles porque usted debe ser operada en cuando se pueda“. Y fue como un abrir y cerrar de ojos. Ya me estaban llevando a cambiar, “no deje nada de valor, quítese aretes, cadena, deje el celular y pertenencias de valor a un familiar que pueda venir pronto“, me decía una enfermera que parecía acostumbrada a repetir la misma cantaleta.
Una vez con aquella fría bata de hospital, en la que cabían dos Elenas sin estirarla, me llamaron para encontrarme la vía. La vía y aquello fue como una ola que arrastra sin dejarte opción: dolió y era sólo el inicio.
La ventana que daba a las afueras del hospital había quedado atrás, esa por la que tantas veces me asomé por si llegabas. Ahora solo podía darme cuenta de que aún era de día porque la entrada de las ambulancias me quedaba al frente.
Una mujer con toda la espalda raspada y en carne viva, estaba embarazada, lloraba sentada en una silla de ruedas. Había tenido un accidente de motocicleta.
Un joven que posiblemente trabajaba como peón de construcción, tenía incrustado un tornillo en el dedo índice derecho. Su mano tenía el grosor de un guante de boxeo.
Otra mujer tenía rato de estar sentada en una silla de ruedas en un rincón. Pasaba desapercibida para médicos, enfermeras, asistentes y guardas. Llevaba una enagua muy corta, una camiseta blanca que le llegaba al ombligo y el pelo como si viniera de cantar “El pelo suelto” de la Trevi. La acompañaba un hombre con quien a ratos parecía sostener una acalorada discusión en voz baja; su rostro lo acusaba de quién sabe qué desgracia, pero a ratos, puesta de pie, se besaban y acariciaban apasionadamente. Era extraño verlos así, tal vez no era el lugar adecuado.
Sentada en una banca de madera miré gente ir y venir, como en ER, sólo que en instalaciones de menos opulencia.
Por mi mano derecha introducían ya suero cuando la noche cayó. Dos horas más tarde, estando en la misma banca, en la misma postura, pronunciaron mi nombre. Me llevaron a una habitación, una enfermera me desnudó y me puso la tan temida ropa verde de cirugía.
Mi hermano llegó, mi cuñada también, así como mis mejores amigos. Con cada uno de ellos hablé lo que tenía que hablar sentada en la banca de madera de emergencias. Pero en ese momento sólo pensé en mi ángel de la guarda, en el diván de San Antonio, en tu olor de jazmín y romero y en la nada que era cuando me llevaban a cirugía. “Me encomiendo a ti“, dije con fe en mi oración.
El despertar fue horrible. Creí que me iba, no tanto por el apéndice, descartada ya como desecho quirúrgico, sino por la presión, que me hizo una mala jugada. En mi desespero recordé a mi ángel y traté de calmarme. No podía hablar, temblaba de frío y los médicos corrían de un lado a otro y les escuchaba decir que era la presión baja y volví a perderme en un sueño profundo del que sólo recuerdo oscuridad.
Una voz fuerte me despertó, “pase a la otra cama”, y yo, entre dormida y despierta, no coordinaba mis movimientos. “No puedo“, dije con voz entrecortada. La misma voz fuerte y autoritaria me dijo que usara los codos. Yo quería hacer caso pero no podía. A como pude me arrastré hacia la cama 123 de ginecología quirúrgica del Hospital San Vicente de Paúl.
•••
Ahí estaba el vaso con manzanilla apetecible como el agua fresca, como mi vino tinto de mis noches de guitarra, de melancolía o de luna. Pero no lo alcanzaba. De repente otra interna, al ver mi esfuerzo en vano para tomarlo, me lo puso en la mano. Ha sido el té de manzanilla más rico que he probado.
En esas horas perdí mi vergüenza, mi pudor, pero me di cuenta de quiénes eran mis amigos y de lo vulnerable que somos cuando no podemos valernos por nosotras mismas.
Un día después.
“Dime niño de quién eres todo vestido de blanco”, las panderetas sonaban y los cantos desordenados y desafinados ocuparon el pasillo de ginecología del Hospital. El portal en lo alto de la recepción del salón de enfermos y en diagonal la cantora y su guitarra, una acompañante con maracas al son de quién sabe qué corrido, unos tres niños entusiastas con trajes de pastorcillo ocupaban el espacio, por donde salí caminando lento, muy lento, dejando atrás no sólo el rezo y los misterios del Niño, sino un lugar al que nunca quisiera volver.
Al personal del Hospital San Vicente de Paúl.
periódico LA Prensa Libre 4 febrero 2009.

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