La crisis de valores de nuestro tiempo
Enrique Gomáriz | enriquegomariz@yahoo.com
Posibles respuestas a la crisis de valores para una ética del siglo XXI
Politólogo
A propósito de la reflexión que hemos tenido sobre laicidad y valores, varias personas me han sugerido la conveniencia de explicitar más claramente a qué se alude cuando se habla de la crisis de valores de nuestro tiempo, así como de las posibles respuestas que formarían parte de una ética del siglo XXI. Voy a ensayar ahora una lectura de la crisis, para tratar en otra ocasión de las posibles respuestas.
Existe un amplio consenso acerca de que, al menos desde la superación del orden feudal, cada transformación profunda del mundo moderno se ha visto acompañada por una determinada crisis de valores. Hubiera sido extraño que el paso de la sociedad industrial a la sociedad global de la información, que está implicando cambios tan profundos, no conllevara una crisis ética. Una crisis que tiene rasgos globales, pero que adquiere expresiones según cada cultura.
Súbito cambio. Para Norbert Bilbeny, la causa fundamental de esta crisis refiere al rápido cambio de hábitos y conductas producidos por la revolución tecnológica y del conocimiento, respecto del cambio más lento del cuadro de valores y normas instalado en la sociedad industrial. Dicho con sus propias palabras, debido “al fuerte desajuste entre cultura informativa y cultura valorativa” (Revolución de la Ética, 1997).
Ahora bien, la lectura de la crisis no es la misma cuando se hace desde un enfoque conservador o desde otro progresista. El primero alude, sobre todo, al abandono o degradación de los valores tradicionales, referidos a un pasado supuestamente más satisfactorio. En el campo progresista, las percepciones se dividen. Por un lado, hay quienes lamentan que los valores laicos se hayan interrumpido o deteriorado antes de que pudieran dar sus frutos plenamente. Por el otro, hay quienes creen que la crisis de valores ya está siendo respondida por una amplia explosión de libertades; la cual, ineluctablemente, conformará nuevos valores.
Esta última versión optimista fue desarrollada principalmente por Ulrich Beck en su polémico trabajo “Hijos de la Libertad”, donde defendía radicalmente la supuesta pérdida de valores de las generaciones más jóvenes, entendiéndola como la asunción de nuevas libertades. Beck escribió su interpretación a mediados de los años noventa y casi quince años después, el balance solo le favorece parcialmente.
Es cierto que acertó al rechazar el supuesto de que las generaciones jóvenes estaban completamente perdidas: movimientos sociales y expresiones valóricas juveniles surgie- ron primero en Europa y ahora en EE. UU. (donde tuvieron un peso importante en la victoria de Obama). Sin embargo, no es menos cierto que los efectos de la crisis de valores han avanzado, más allá de cuán justo sea responsabilizar de ella a las generaciones jóvenes.
Crisis de las normas. Una gran cantidad de indicadores muestra que, desde el cambio de siglo, se han incrementado distintos tipos de violencia y, en relación con ello, cómo la crisis ha ido afectando progresivamente no sólo los valores sino las normas. De hecho, uno de los principales rasgos de esta crisis es su notable amplitud. Como mencionó Jérôme Blindé, en el encuentro “¿Adónde van los valores?”, organizado por la Unesco en 2001, esta crisis “ya no es solo la de los marcos morales tradicionales heredados de las grandes confesiones religiosas, sino también la de los valores laicos que les sucedieron (ciencia, progreso, emancipación, ideales solidarios y humanistas)”.
Por otro lado, resulta plausible sostener que los valores narcisistas de consumo, hedonismo individual y satisfacción a corto plazo, surgidos desde los años ochenta, guardan alguna relación con la actual crisis económica.
Ese es precisamente el otro factor que otorga particular importancia a la actual crisis de valores y la necesidad de revertirla: la fragilidad de los equilibrios que enfrenta el horizonte cercano de nuestro planeta. Encarar el cambio climático, los efectos de la superpoblación, la crisis energética, el hambre inducido, inmersos en una crisis de valores irresuelta, no parece el mejor de los escenarios posibles. Aunque, quién sabe, quizás sigamos necesitando de grandes sustos para recomponer nuestros valores. El problema es que eso se parece cada vez más al juego de la ruleta rusa. Desde luego, la otra opción es actuar sobre la propia crisis, como se propone desde distintos ámbitos.
periódico LA Nación 9 febrero 2009.

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