Polis, Estado y religión
Mauricio Víquez | canino@racsa.co.cr
Hablar entre nosotros de laicismo o no laicismo es un poco como perder el tiempo
Presbítero
Ya estamos de sobra enterados de que Aristóteles calificó al ser humano de zoon politikón y sabemos además que afirmó eso porque se daba cuenta de que, dado que el ser humano vive en la polis y ella vive en él, la mujer y el hombre –obviando las minucias propias de una época que tenía su visión propia del rol femenino– se realizan plenamente en ella en cuanto unidad constitutiva y completa o suprema de la existencia, contexto en el que es posible la verdadera koinonía o vida en común.
Tomás de Aquino, ante la expresión aristotélica anotada, la traducía acertadamente “animal político y social” en De Regimine Principium y, así, retomaba la tradición romana de decir civis donde los griegos hablaban de ese ser integral que resulta ser el polítes, esto es, aquel individuo que se movía ampliamente en el contexto de esa causa común que era, inicialmente, la res publica o ciudad óptima (o la politía optima) que vela por el bien común.
La visión de esa ciudad óptima poco a poco asume un elemento verticalista que lo dan una serie de reflexiones que, de Maquiavelo a Hobbes, acaban acercando las ideas de bien común a Estado hasta el punto de que Barbeyrac traducirá en las obras de Pufendorf, la expresión civitas usando la palabra francesa état.
Función del gobierno. Dicho esto y a pesar de toda la nueva dimensión vertical que muestra la iuris societas y que se muestra en su desarrollo tanto en la evolución del concepto “príncipe” como en la noción de principatus, es que podemos hablar de la función del gobierno. Así, quien lleva la batuta en el contexto de ese Estado ya arriba caracterizado, debe esforzarse por procurar un status vivendi tal al grueso de los ciudadanos, que sea capaz de mostrar la suficiente armonía entre los diferentes intereses y permitir la paz con cierto orden, esto en el decir de Heller cuando explica la función estatal.
Esta visión de integralidad tan presente en la antigüedad al hablar de polis o civitas , lo mismo que la idea de que el Estado (“reunión de una multitud de hombres, que viven bajo leyes jurídicas” en la visión kantiana) está llamado a generar –en sentido agustiniano– orden para la paz y esto, como es claro, incluso hoy mismo.
De esta manera, no hay duda de que el Estado, “persona moral perpetua”, está llamado a provocar una forma de vida en todos los ciudadanos marcada por la armonía y, por supuesto, promover el bien común en cuanto implica procurar las condiciones externas e internas que hacen posible el bienestar pleno de cada persona habitante de su territorio.
Estado y religión. Es evidente, por otra parte, que esa integralidad no puede dejar de lado nada si ella misma desea no dejar de ser integral. Y en un país como el nuestro, donde el aspecto religioso juega el papel decisivo que juega, ha jugado y jugará, no hay duda de que el Estado no puede ni ignorarlo, ni orillarlo, ni atacarlo, dada la gran cantidad de materias mixtas que existen, empezando por el mismo hecho de que la confesión religiosa –en este caso, cristiana y católica– es parte notoria de las convicciones de una mayoría considerable de la población de la nación.
Hablar entre nosotros, por tanto, de laicismo o no laicismo es un poco como perder el tiempo. Estoy de acuerdo con F. Margiotta Broglio que, hablando de este tema casualmente, hace ver que la ausencia de líneas divisorias claras permiten sugerir que, sin caer en fusiones absurdas y/o extemporáneas, se trata aquí y ahora de captar que cada sociedad –la estatal y la religiosa– debe reconocer la competencia de la otra en lo que le es propio, revisar el camino histórico andado y consolidado y, a partir de allí, saltar a criterios de lo que resulta plenamente humano y, desde allí, dar las luchas que se deban dar de cara a una sociedad mejor y a una convivencia desde criterios irrenunciables para hacer crecer en nuestro mundo la temperatura ética hoy venida a niveles tan críticos. Una vía por la que, me parece, todos ganamos.
El Estado va a lo que debe y las religiones aportan la riqueza que poseen, sin desconfianzas ni actitudes marcadas por estilos como los de algunos Gobiernos o legislaciones, sobre todo europeas, que promueven insistentemente verdaderas cristianofobias en pleno siglo XXI.
periódico La Nación 11 febrero 2009.

Meneame
del.icio.us
3514
juan | 27-10-2009 - 21:43:53 GMT 1 #
es una mierda no entender nada
buonanote
soy italiano
juan | 27-10-2009 - 21:44:38 GMT 1 #